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domingo, 27 de abril de 2014

UNA NOCHE DENTRO DE LA GRAN PIRAMIDE



Paul Brunton


Paul Brunton (1898-1981). Born in London, his mystical and occult sensitivity soon led him East, first to India and Egypt, and then around the world. Nacido en Londres, su sensibilidad hacía la mística y lo oculto pronto lo llevó Oriente, primero a la India y después a Egipto, y luego a todo el mundo. Abandonó la carrera periodística para vivir entre yoguis, místicos y hombres santos, dedicándose al estudió de las enseñanzas esotéricas de Oriente y Occidente.

Viajero incansable, experto en técnicas de yoga y misticismo oriental, fue uno de los pocos occidentales en ser autorizado a pasar una noche en el interior de la Gran Pirámide. Pronto se arrepentiría de ello. Aunque ya había sido advertido por los lugareños de que aquel monumento estaba plagado de espectros y genios, una vez dentro, decidió, “sintonizar” con la energía de aquel lugar. El resultado no se hizo esperar. Totalmente a oscuras, percibió cómo un grupo de formas grises y vaporosas comenzaban a rodearle:




“Rodeóme un tropel de monstruosos entes elementales -cuenta-, de malignos espantos del averno, de figuras de aspecto grotesco, insano, extraño y diabólico, que me provocaron una repulsión inconcebible. Viví unos instantes que no olvidaré jamás. Aquella escena increíble ha quedado vivamente fotografiada en mi memoria. Ese experimento no lo repetiré jamás; nunca volveré a alojarme de noche en la gran pirámide.” 

Pero la experiencia no había hecho sino empezar. Tan fácilmente como habían aparecido, aquellos seres desaparecieron en la oscuridad. Transcurrió un cierto tiempo, y dos altas figuras de mirada amistosa aparecieron en la sala. Vestían sendas túnicas blancas. Y les rodeaba un halo luminoso. Por sus insignias, el escritor los identificó rápidamente como sacerdotes de un antiguo culto egipcio. Permanecieron inmóviles, como estatuas, con las manos cruzadas sobre el pecho, contemplándole en silencio. Finalmente, uno de los dos acercó su rostro al de Paul y le preguntó:

-¿Por qué viniste a este sitio, a tratar de evocar las potencias secretas? ¿No te bastan las sendas de los mortales?

 -No, no me bastan!  - Respondió el escritor-

-La agitación de las muchedumbres en las ciudades reconforta el corazón tembloroso del hombre -dijo él-. Vete; vuelve a reunirte con tus semejantes y pronto olvidarás el frívolo antojo que te trajo hasta aquí.

Pero Paul volvió a responder:

-¡No, no puede ser!

El espíritu hizo un nuevo esfuerzo.

-La senda del ensueño te alejará de los lindes de la razón. Algunos lo siguieron, y regresaron locos. Vuélvete ahora, que aun estás a tiempo, y sigue el camino asignado a los pies de los mortales.

-Debo seguir esta senda. Ahora ya no hay ninguna otra para mi.  

El sacerdote dió entonces un paso adelante v volvió a inclinarse sobre él. Vi su anciano rostro destacado en las tinieblas.

-Aquel que entra en contacto con nosotros -murmuró en su oído-, pierde su vínculo con el mundo. ¿Puedes andar solo?

-No sé  -Respondió Paul-

Ante tal respuesta, el sacerdote desapareció. El otro ser, de rostro viejísimo, se aproximó al cofre de mármol y le explicó serenamente:

Hijo mio, los poderosos amos de las potencias secretas te han tomado en sus manos. Esta noche serás conducido a la sala del saber. Tiéndete sobre esa piedra! Antiguamente habrías tenido que hacerlo allí, sobre un lecho de cañas de papiro.

Paul se acostó de espaldas sobre la losa.

“Lo que sucedió inmediatamente después –escribe Paul-, todavía no lo veo muy claro. Fué como si inesperadamente me hubiesen dado una dosis de algún anestésico especial, de acción lenta, porque todos mis músculos se pusieron tensos, y en seguida comenzó a invadirme los miembros un letargo paralizante. Todo el cuerpo quedó rígido entumecido. Comencé primeramente a sentir los pies fríos, cada vez más fríos; luego la frialdad fué subiendo, gradualmente, imperceptiblemente; llegó hasta las rodillas y prosiguió su avance. Era como si, al escalar una montaña, me hubiese hundido hasta la cintura en un montón de nieve. Mis miembros inferiores quedaron completamente baldados.

Pasé luego a un estado de semisomnolencia, y en mi mente se insinuó el misterioso presentimiento de que mi muerte estaba próxima. No me perturbó, sin embargo; hacía mucho tiempo que yo me había librado del viejo miedo a la muerte, y aceptaba filosóficamente su inevitabilidad. 

Mientras la extraña sensación de frigidez seguía apoderándose de mí, subiéndome por la temblorosa columna vertebral y dominándome todo el cuerpo, yo sentí que mi conciencia se iba hundiendo hacia adentro, hacia un punto central de mi cerebro; mi respiración, entretanto, se debilitaba cada vez más.

Cuando el frío me llegó al pecho y me paralizó completamente el resto del cuerpo, sobrevino algo parecido a un ataque cardíaco; pero pasó pronto, y comprendí que la crisis suprema no tardaría mucho en llegar. 

Si hubiese podido mover mis rígidas mandíbulas, habría celebrado con una carcajada el pensamiento que me asaltó en ese instante. Mañana, pensé, hallarán mi cadáver dentro de la gran pirámide, y todo habrá terminado para mi.

Yo estaba seguro de que mis sensaciones se debían al tránsito de mi espíritu de la vida física a las regiones de ultratumba.

Aunque yo sabía perfectamente que estaba pasando por las sensaciones del fallecimiento, ya no oponía ni la más mínima resistencia. 

Por último, mi conciencia reconcentrada quedó confinada en la cabeza, y en mi cerebro hubo un furioso remolino final. Tuve la sensación de que un tifón tropical me lanzaba hacia arriba por un estrecho agujero; experimenté luego el temor momentáneo de ser arrojado al espacio infinito; di un salto hacia lo desconocido, y... ¡quedé libre!

Al principio me encontré tendido de espaldas, en la misma posición horizontal que el cuerpo que acababa de desocupar, flotando por encima de la losa de piedra. Tuve luego la sensación de que una mano invisible, después de empujarme un poco hacia adelante, me hacía girar longitudinalmente hasta dejarme en pie sobre mis talones. Al final experimenté la curiosa sensación de estar al mismo tiempo de pie y flotando. 

Miré el abandonado cuerpo de carne y huesos que yacía postrado e inmóvil sobre la laja. El rostro inexpresivo estaba vuelto hacía arriba, con los ojos apenas entreabiertos; pero el brillo de las pupilas era suficiente para indicar que los párpados no estaban realmente cerrados. Los brazos estaban cruzados sobre el pecho, postura que yo no recordaba haber adoptado. ¿Alguien los había cruzado sin que yo me diera cuenta del movimiento? Las piernas y los pies, estirados y juntos, se tocaban. Aquél era mi cuerpo, aparentemente muerto, del cual yo me había retirado.

Advertí entonces que yo, el nuevo yo, despedía un hilo de suave luz plateada, que se proyectaba sobre el cataléptico ser de la laja. Me sorprendió descubrirlo, pero mayor fué mi sorpresa cuando noté que el misterioso cordón umbilical psíquico contribuía a iluminar el rincón donde yo me hallaba; sobre las paredes de piedra había una suave claridad semejante a la luz de la luna.

Yo no era más que un fantasma, un ente sin cuerpo alojado en el espacio. Comprendí, por fin, por qué los sabios egipcios de la antigüedad representaban en los jeroglíficos el alma humana con la figura simbólica de un pájaro. Yo había experimentado la sensación de que aumentaban mi estatura y mi volumen, de que me desplegaba, como si tuviese un par de alas. ¿Y no me había elevado en el aire, donde quedé flotando sobre mi cuerpo desechado, lo mismo que un pájaro que alza el vuelo y se queda planeando en círculo alrededor de un punto? ¿No tuve la impresión de que me había envuelto un gran vacío? Sí, el símbolo del pájaro era acertado.

Sí; yo me había elevado en el espacio, desprendiendo mi alma de su envoltura mortal, dividiéndome en dos partes gemelas, abandonando el mundo que conocí tanto tiempo. En el cuerpo duplicado que ahora habitaba, tenía la impresión de ser etéreo, de una liviandad extrema. Mirando la fría losa donde yacía mi cuerpo, surgió en mi mente una idea singular; fué una comprensión singular que me dominó y tomó forma en las siguientes palabras silenciosas:

"Éste es el estado de la muerte. Ahora sé que soy un alma, que puedo existir separado de mi cuerpo. Siempre lo creeré, porque lo he comprobado." 

Esta noción se aferró a mí tenazmente, mientras yo permanecía suspendido en el aire por encima de mi desocupada residencia carnal. Yo había comprobado la supervivencia en una forma que me pareció más satisfactoria: ¡mediante la experiencia de morir y sobrevivir! Continué observando los yacentes restos que había abandonado. En cierto modo, me fascinaban. ¿Era aquello, ese cuerpo desechado, lo que yo había considerado durante tantos años que era yo? En ese momento veía con toda claridad que era solamente una masa de substancia carnosa, desprovista de inteligencia y de conciencia. Contemplando los ojos sin vista, insensibles, percibí en toda su fuerza la ironía de la situación. Mi cuerpo terrenal me había aprisionado, había retenido mi verdadero yo pero ahora estaba libre. Yo había sido llevado de un lado para otro sobre la superficie del planeta por un organismo al que había confundido con mi verdadero ser central. 

La fuerza de gravedad había desaparecido; yo flotaba literalmente en el aire, con la extraña sensación de estar medio suspendido y medio de pie. 

De pronto apareció a mi lado el anciano sacerdote, grave e imperturbable. Alzó los ojos al cielo, mostrando su rostro noble, y con gesto reverente elevó esta oración:

- ¡Oh, Amón! ¡Oh, Amón que estás en el cielo, vuelve tu rostro hacia el cuerpo muerto de tu hijo, y favorécelo en el mundo espiritual! –terminó-. 

Luego se volvió a mí y me dijo:

-Ahora aprendiste la gran lección. El hombre, cuya alma nació de lo imperecedero, no puede morir. Redacta esta verdad con las palabras que los hombres entienden. ¡Mira!

Saliendo del espacio, vi llegar primero el rostro semiolvidado de una mujer a cuyo sepelio asistí más de veinte años atrás; luego el semblante familiar de un hombre que había sido para mí más que un amigo y a quien vi por última vez, hacía doce años, reposando en su ataúd; y finalmente la dulce figura sonriente de una criatura conocida que había muerto de una caída accidental. 

Los tres me miraron con expresión serena, y sus voces amigas volvieron a resonar una vez más junto a mí. Mantuve la más breve de las conversaciones con los llamados muertos, que no tardaron en desvanecerse y desaparecer.

-También ellos viven, como vives tú, como vive esta pirámide, que vió morir medio mundo y sigue viviendo -dijo el sumo sacerdote. Has de saber, hijo mío, que en este antiguo santuario se encuentra la perdida historia de las primeras razas de la humanidad y de la alianza que hicieron con el creador por medio del primero de sus grandes profetas. Te diré también que antiguamente eran traídos a este lugar hombres escogidos para mostrarles la alianza mediante la cual podían tornar al seno de sus semejantes manteniendo vivo el gran secreto. Llévate contigo esta advertencia: cuando los hombres reniegan de su creador y miran con odio a sus semejantes, como los príncipes de Atlántida, en cuya época fué construida esta pirámide, son destruidos por el peso de su propia iniquidad, como fué destruido el pueblo de Atlántida.

"No fué el creador el que hundió a Atlántida, sino el egoísmo, la crueldad, la ceguera espiritual del pueblo que habitaba en esas islas condenadas. El creador ama a todos; pero la vida de los hombres está gobernada por leyes invisibles que él les impuso. Llévate, pues, esta advertencia contigo." 

Agitóse en mi interior un gran deseo de ver esa misteriosa alianza; el espíritu debió de leer mi pensamiento, porque se apresuró a decir: 

-Todas las cosas a su debido tiempo. Todavía, no, hijo mío, todavía no. 

Me sentí desilusionado.

El sacerdote me miró durante unos instantes.

-A ningún hombre de tu pueblo se le ha permitido hasta ahora que lo viera. Pero como tú eres un hombre versado en estas cosas, y has venido aquí trayendo comprensión y buena voluntad en tu corazón, es justo que recibas alguna satisfacción. ¡Ven conmigo!
Sucedió entonces algo extraño. Caí, al parecer, en una especie de semicoma, mi conciencia se borró momentáneamente, y cuando la recuperé advertí que había sido transportado a otro lugar. Estaba en un largo pasaje suavemente iluminado, aunque no se veían ni lámparas ni ventanas; supuse que la fuente luminosa debía de ser el halo que emanaba de mi compañero, combinado con la irradiación del cordón luminoso de éter vibrante que se extendía detrás de mí. Pero comprendí que esos focos no explicaban suficientemente la luz. Las paredes estaban construidas con piedras refulgentes, de color terracota rosada, unidas con las junturas más delicadas. El piso, en cuesta descendente, tenía exactamente la misma inclinación que el pasaje de entrada a la pirámide. La mampostería estaba bien terminada. El pasaje era rectangular y bastante bajo, pero sin llegar a ser incómodo. No pude descubrir el origen de la misteriosa iluminación, aunque todo el interior relucía como si recibiera la luz de una lámpara.  

El gran sacerdote me indicó que lo siguiera.

-No mires hacia atrás -me dijo-, ni vuelvas la cabeza.

Caminamos un breve trecho cuesta abajo, hasta que llegamos al final del pasaje, donde se abría la entrada de una gran cámara que tenía el aspecto de un templo. Yo sabía perfectamente que estaba dentro o debajo de la pirámide, pero nunca había visto ni aquel pasaje ni aquella cámara. Eran, evidentemente, secretos, y no habían podido ser descubiertos hasta entonces.

No pude menos de sentirme enormemente excitado por aquel impresionante hallazgo; se apoderó de mí la tremenda curiosidad de averiguar dónde estaba la entrada. Finalmente se me hizo imperioso volver la cabeza y echar un rápido vistazo hacia atrás con la esperanza de ver la puerta secreta. Yo no había visto por dónde había entrado en aquel sitio, pero en el extremo opuesto del pasaje, donde debía haber una abertura, no vi más que bloques rectangulares aparentemente cementados entre sí. Estaba mirando una pared. Y entonces me arrebató velozmente una fuerza irresistible, toda la escena se borró y me encontré flotando de nuevo en el espacio. Oí las palabras: "Todavía no, todavía no", como repetidas por un eco, y pocos minutos más tarde divisé mi cuerpo inconsciente tendido sobre la piedra. La voz del gran sacerdote me llegó en un murmullo. 

-Hijo mío -decía-; no tiene importancia que descubras o no la puerta.

Dedícate a buscar en tu mente el pasaje secreto que te conducirá a la cámara escondida dentro de tu propia alma, y habrás encontrado algo realmente valioso. El misterio de la gran pirámide es el misterio de tu propia alma. Las cámaras secretas y los antiguos archivos de la historia están todos contenidos en tu propia naturaleza. Lo que enseña la pirámide es que el hombre debe volverse hacia su propio interior, debe aventurarse a penetrar en el centro desconocido de su ser para buscar su alma, como debe aventurarse a penetrar en las simas desconocidas de este templo a buscar su más profundo secreto. ¡Adiós!

Apoderóse de mi mente un torbellino en el que giré con rapidez; arrebatado por una fuerza que me atraía, me fui deslizando irremediablemente hacia abajo, siempre hacia abajo. Presa de un pesado letargo, me pareció que volvía a fundirme dentro de mi cuerpo físico. Con un esfuerzo de voluntad, traté de mover los rígidos músculos, pero no pude y finalmente me desmayé...

Abrí los ojos sobresaltado; espesas tinieblas me rodeaban. Cuando pasó el entumecimiento, me apoderé de la linterna y encendí la luz. Estaba de nuevo en la cámara del rey; todavía me duraba la excitación, y era tanta y tan intensa que salté de la piedra gritando. El eco devolvió mi voz con acentos apagados; pero yo, en lugar de sentir el piso debajo de mis pies, me encontré cayendo en el espacio. Me pude salvar únicamente porque lancé ambas manos sobre la laja, y me quedé colgando de su borde. Comprendí entonces lo que había pasado. Al levantarme me había corrido involuntariamente hacia el otro extremo de la losa; mis piernas se columpiaban dentro del agujero excavado en el rincón noroeste del piso. 

Me alcé hasta pisar de nuevo terreno firme, cogí la linterna y alumbré la esfera de mi reloj. El cristal se había quebrado en dos sitios al golpear mi mano contra la pared, cuando salí de un salto del agujero; pero la maquinaria seguía con su alegre tictac. Y entonces, cuando vi la hora que era, estuve a punto de lanzar una carcajada, pese a la solemnidad del lugar. 

Porque era exactamente la melodramática hora de la medianoche.”
 
Fuente: Paul Brunton,"El Egipto Secreto" .Editorial Kier, Buenos Aires



martes, 15 de abril de 2014

PALAMAS Y LA LUZ TABÓRICA




Mircea Eliade


En el siglo XIV, un monje calabrés, Barlaam, atacó a los hesicastas del monte Athos acusándoles de mesalianismo. Se fundaba para ello en su propia aserción de que éstos gozaban de la visión de la luz increada Pero, indirectamente, el monje calabrés rindió un gran servicio a la teología mística oriental, pues dio ocasión al gran teólogo Gregorio Palamas, arzobispo de Tesalónica, de defender a los hesicastas del monte Athos en el Concilio de Constantinopla (1341) y de elaborar una teología mística sobre la luz tabórica.


Palamas no tuvo dificultad en demostrar que en la Biblia se menciona a cada paso la luz divina y la gloria de Dios y que el propio Dios es llamado luz. Y aun más, disponía de una abundante literatura mística y ascética -desde los Padres del desierto a Simeón el nuevo teólogo- para demostrar que la deificación por el Espíritu Santo y las manifestaciones visibles de la gracia se distinguen por la visión de la luz increada o por emanaciones de luz. Para Palamas, escribe Vladimiro Lossky, "la luz divina es un dato de la experiencia mística. Es el carácter visible de la divinidad, de las energías por las cuales Dios se comunica y se revela a los que han purificado sus corazones" (1). Esta luz divina y divinizante es la gracia. La transfiguración de Jesús constituye, evidentemente, el misterio central de la teología de Palamas. La discusión con Barlaam giraba especialmente sobre este punto: la luz de la transfiguración, ¿era creada o increada? La mayoría de los Padres de la Iglesia consideraban la luz vista por los apóstoles como increada y divina. Palamas se dedicó a desarrollar este punto (2). Para él, la luz es propia de Dios por naturaleza, existe fuera del tiempo y del espacio y se hace visible en las teofanías del Antiguo Testamento. En el monte Tabor no se dio ningún cambio en Jesús, pero sí una transformación en los apóstoles; éstos, por la gracia divina, recibieron la facultad de ver a Jesús tal como es: cegador en su luz divina. Adán poseía también esta facultad antes de la caída, y será restituida al hombre en las postrimerías escatológicas. O sea, que la percepción de Dios en su luz increada está ligada a la percepción de los orígenes y del fin, al paraíso de antes de la historia y al eschaton que pondrá fin a la historia. Pero los que se hacen dignos del reino de Dios gozan desde ahora de la visión de la luz increada, como los apóstoles en el monte Tabor.

 Por otra parte, y a propósito de la tradición de los monjes egipcios, Palamas afirma que la visión de la luz increada va acompañada de la luminiscencia objetiva del santo. "El que participa en la energía divina se convierte él mismo, de alguna manera, en luz; es unido a la luz y, mediante la luz, ve en plena conciencia todo lo que permanece escondido a aquellos que no han tenido esta gracia" (3).



Palamas se fundamentaba especialmente en la experiencia mística de Simeón el nuevo teólogo. En la Vida de Simeón, escrita por Nicetas Stéthatos, se encuentran algunas indicaciones particularmente precisas que conciernen a esta experiencia. "Una noche en que estaba orando y en que su inteligencia purificada se encontraba unida a la inteligencia primera, vio una luz en lo alto. De repente, esta luz pura e inmensa que provenía del cielo arrojó su claridad sobre él, alumbrándolo todo y produciendo un esplendor parecido al día.


Parecía que la casa y la celda donde se encontraba se habían desvanecido, pasando a la nada en un abrir y cerrar de ojos; que el mismo se encontraba arrebatado por los aires y había olvidado enteramente su cuerpo... ". En otra ocasión, "allá arriba, en lo alto, comenzó a brillar una especie de luz de aurora [...]; esa luz se acrecentó poco a poco, iluminando el aire cada vez más, y él se sintió como liberado de su cuerpo y de las cosas terrestres. Y como esta luz, que continuaba brillando cada vez más, hasta convertirse en un sol en el resplandor del mediodía, se posase sobre él, pudo darse cuenta de que él mismo era el centro de la luz; y se llenó de gozo y de lágrimas por la dulzura que desde tan cerca embargaba todo su cuerpo. Y vio la luz unirse a él de una forma increíble, penetrando poco a poco en su carne y en sus miembros [...]. Vio, pues, cómo esta luz acababa por invadirle por completo, hasta llenar su corazón y sus entrañas, hasta convertirle en fuego y luz. Y como le acababa de ocurrir respecto a la casa, también perdió el sentido de la forma, de la actitud, del espesor y de las apariencias de su propio cuerpo" (4).


Esta concepción se conserva hasta el presente en las Iglesias ortodoxas. Citaré, como ejemplo de irradiación corporal, el célebre caso de San Serafín de Sarov (comienzos del siglo XIX). El discípulo que más tarde consignó las "revelaciones" del santo cuenta que le vio una vez tan brillante, que le era imposible mirarle. Y que exclamó: "No puedo miraros, Padre; vuestros ojos proyectan destellos, vuestra cara se ha hecho más resplandeciente que el sol y yo me encuentro mal a fuerza de miraros". Serafín comenzó entonces a orar, y el discípulo consiguió contemplarle. "Os miro y quedo embargado de un piadoso miedo. Imaginad, a pleno sol, en el fragor de sus resplandecientes rayos de mediodía, la cara de un hombre que os habla. Veis el movimiento de sus labios, la expresión cambiante de sus ojos, escucháis su voz, sentís sus manos en vuestros hombros, pero no veis ni las manos ni el cuerpo de vuestro interlocutor; solamente la luz resplandeciente que se propaga hasta algunas toesas alrededor, alumbrando con su resplandor el prado cubierto de nieve y los copos blancos que no dejan de caer" (5). Sería apasionante comparar esta experiencia del discípulo de San Serafín con el relato que hace Arjuna, en el capítulo XI del Bhagavad-Gitâ, sobre la epifanía de Krishna.


Recordemos también que Sri Ramakrishna, contemporáneo de San Serafín de Sarov, se mostraba a veces luminoso o como rodeado por llamas. "Su cuerpo parecía todavía más alto y tan ligero como un cuerpo visto en sueños. Se iba haciendo luminoso, el color moreno de su cuerpo tomaba un tinte muy claro [...]. El color ocre de su vestidura se confundía con el resplandor de su cuerpo, y podía creérsele rodeado de llamas" (Saradananda, "Sri Ramakrisbna, the Great Master", trad. inglesa, segunda edición revisada, p. 825).



Notas:
 1. Vladimir Lossky, "La théologie de la lumière chez Saint Grégoire Palamas de Thessalonique": "Dieu Vivant", I (1945), pp. 93-118, esp. p. 107. Cf. también, por el mismo autor, "Essai sur la théoIogie de l’Eglise d'Orient", París, 1944, esp. pp. 214 y siguientes. Véase Jean Meyendorff, "Saint Gregoire Palamas et la mystique orthodoxe", París, 1959, pp. 86 y ss.
2. V. Lossky, "La théologie de la lumiere", pp. 110 y ss.
3. Sermon por la fête de la Présentation au Temple de la Sainte Vierge, texto traducido por Lossky, op. cit.., p. 110.
4. "Vie de Syméon le nouveau théologien", n. 5, pp. 8-10; n. 69, pp. 94-95; textos citados por J. Lemaître, op. cit.., col. 1852, 1853.
5. "Révélation de Saint Séraphim de Sarov", fragmento traducido por Lossky, op. cit.., pp. 111-112. Sobre la irradiación de los santos, cf. el importante legajo reunido por O. Leroy, "La splendeur corporelle des saints", París, 1936.
Extracto de Mefistófeles y el andrógino, Labor, Barcelona, 1984.


lunes, 10 de febrero de 2014

LA PLEGARIA DE UN ALQUIMISTA



PLEGARIA DE UN ALQUIMISTA


"Todos los verdaderos Filósofos de las Ciencias Herméticas comienzan sus Labores con una Oración al Supremo Alquimista del Universo, rogando su asistencia en la consumación del Magum Opus. La oración que sigue (siguiendo la tradición cristiana), escrita en un alemán provincial hace siglos por un Adepto ahora desconocido, es representativa:"

¡Oh Santa y Alabada Trinidad, Vos individida y triple Unidad!

Haced que me hunda en el abismo de vuestro Fuego ilimitado y externo, pues sólo en ese Fuego puede la naturaleza mortal del hombre transformarse en el humilde polvo, mientras el nuevo Cuerpo de la Sal y la Unión yace en la Luz.

Oh, derretidme y transmutadme en este Fuego sagrado, para que en aquel día y a Vuestras ordenes, las Aguas de Fuego del Espíritu Santo me saquen del obscuro polvo, dándome un nuevo nacimiento y haciéndome vivir con Su aliento.

Que también yo sea exaltado por mediación de la humildad de Vuestro Hijo, elevándome del polvo y las cenizas con su ayuda y transformándome en un cuerpo con los colores del Arcoíris; un cuerpo puro y espiritual, como el oro del paraíso, transparente como el cristal; y que mi propia naturaleza sea redimida y purificada.

Disolvedme en las Aguas de la Vida, como si yo estuviera en las bodegas de vino del eterno Salomón. Aquí el Fuego de Vuestro Amor recibirá nuevo combustible y arderá tanto que las corrientes no podrán extinguirlo. Que con la ayuda de este Fuego Divino, al final se me encuentre digno de ser llamado a la Iluminación de los Justos.


Que entonces se me selle con la luz del Mundo Nuevo para que alcance la Inmortalidad y la Gloria donde no se alternaran la Luz y las Tinieblas. 


FUENTE:
Manly P. Hall (The Secret Teachings of All Ages)

domingo, 2 de febrero de 2014

LOS ENCUENTROS SECRETOS DE TOLEDO




LOS ENCUENTROS SECRETOS DE TOLEDO

José Antonio Mateos


La búsqueda del Grial y las aventuras de los caballeros de la Tabla Redonda ha intrigado y fascinado a la cultura occidental desde la Edad Media. El Santo Grial ha constituido en sí un enigma, del que se han propuesto las más variadas interpretaciones, aunque ninguna de ellas ha logrado revelar todo el significado esotérico e iniciático que encierra este magisterio espiritual. Es como una esmeralda de múltiples facetas, y esta multiplicidad responde a los innumerables corazones que buscan la Verdad.


Pero no es la historia lo que más nos importa, sino comprender las diferentes corrientes de pensamiento y sus relaciones, definir el marco en cuyo seno se hacen y deshacen las apariencias de este mundo. El mito del Grial no fue algo exclusivo de la Gnosis cristiana medieval, sino también de la espiritualidad ishraqî en el mundo del Islam.

La primera obra conocida es la de Chrétien de Troyes, "El Cuento del Grial", escrita para Philippe d´Alsace, conde de Flandes, entre 1181 y 1190. La segunda es "El Roman de la Historia del Grial", escrito por Robert de Boron para el conde Gautier de Montbéliard. El tercero es "Parzival" de Wolfram von Eschenbach, compuesto en el último decenio del Siglo XII . De estas tres grandes ramas se injertaron innumerables versiones, hasta el punto que en cincuenta años, Europa había obtenido algo que ni la Iglesia ni los Reyes pudieron conseguir, crear en el corazón de todos los hombres de la cristiandad, el sentimiento profundo de pertenecer a una misma tradición.

La primera obra conocida es la de Chrétien de Troyes, "El Cuento del Grial", escrita para Philippe d´Alsace, conde de Flandes, entre 1181 y 1190. La segunda es "El Roman de la Historia del Grial", escrito por Robert de Boron para el conde Gautier de Montbéliard. El tercero es "Parzival" de Wolfram von Eschenbach, compuesto en el último decenio del Siglo XII . De estas tres grandes ramas se injertaron innumerables versiones, hasta el punto que en cincuenta años, Europa había obtenido algo que ni la Iglesia ni los Reyes pudieron conseguir, crear en el corazón de todos los hombres de la cristiandad, el sentimiento profundo de pertenecer a una misma tradición.

Pero, debemos situarnos en el entorno intelectual, político y espiritual del mundo occidental e islámico en los años previos a la redacción del "Cuento del Grial", si queremos entrever su origen o difusión. En Occidente se observa el declive almohade y la transformación de la civilización hispanoárabe. En Oriente Medio, es el fin del poder fatimí y selchuquí, ante la pujanza ayubí y el declive de la presencia cruzada. Es el inicio de la integración de la caballería y el sufismo (futuwwa), como institución. También el año 1153, es un año crítico para Occidente, que vio la desaparición de Bernard de Clairvaux y el "affaire" de Ascalon.

Al morir el padre de la Cruzada, San Bernardo, la fuerza del movimiento y su cohesión se rompen. La unidad de los Latinos vuela en pedazos desde el "affaire" de Damasco, los partidarios del Emperador Conrado III estallan en amargos reproches, envolviendo en su rencor a las Ordenes del Temple y Hospital, al Rey de Jerusalem y a los Poulains.

En la toma de Ascalon, el 22 de Agosto de 1153 los templarios pierden cuarenta de sus caballeros, incluido el Gran Maestre Bernard de Trémelay . En 1173, el caso de los Asesinos (Haschischin) reaviva las sospechas contra el Temple. En efecto, algunos templarios, con una acción de armas que se consideró intempestiva, habría impedido la conversión de su líder el "Viejo de la Montaña" (Sheikh-al-Djebal) y de sus caballeros. Tal conversión era sin duda una farsa del Rey Amury I, y la actitud de los templarios fue más que esclarecedora. La relaciones del Temple con sus homólogos del Islam eran ante todo de carácter iniciático, como dice Armando Bédarride: "En los países de Oriente, los templarios armaban caballeros a católicos griegos, hostiles al papado, e incluso, cosa más extraordinaria aún, a musulmanes pertenecientes a ciertas ordenes esotéricas provistas de una iniciación análoga a la suya…". Esto nos permite ver como los principios tradicionales e iniciáticos prevalecían sobre la ortodoxia católica o islámica, que parecen adoptar un papel más simbólico que real. Suponemos que esto respondería al hecho de que determinadas filiaciones tradicionales iniciáticas se conectan a un centro supremo, como ramas de un mismo tronco.

Frente a ellos, el mundo musulmán, dirigido por Saladino, tan buen estratega como político no cesa de crecer en poder e influencia. En estas fechas criticas de la historia de la Cristiandad , envueltas en intrigas y luchas de poder, donde el sentido de las Cruzadas ha perdido su valor e importancia, se va ha recurrir a un elemento exterior para reconducir la atención de occidente hacia el punto de partida de toda tradición espiritual: el "centro escondido", la "Tierra Santa", el Centro Supremo.

En 1177 se produce un acontecimiento inesperado y extraordinario, uno de esos hechos inauditos: los más grandes soberanos cristianos reciben una misiva muy curiosa, una Carta dirigida "al emperador de Roma y al Rey de Francia" y firmada por el Preste Juan, "por la gracia de Dios, Rey todopoderoso sobre todos los Reyes cristianos".

¿Quién es este Preste Juan?. Los primeros que lo mencionan son un cierto Otto von Freisingen y Albéric de Trois-Fontaines, quien tenía la información, de forma directa o indirecta, del Obispo de Galaba en Siria del Norte. Según estas fuentes, el Preste Juan sería un descendiente de los Reyes Magos, reinaría en Oriente, llevaría un cetro de esmeralda, y se declararía dispuesto a intervenir contra los infieles para ayudar a Jerusalem. Ante los ojos de Occidente se ignora quien puede ser exactamente, este soberano cristiano de un reino desconocido, que habría perdurado en medio de los pueblos infieles. Pero se estima como un recurso contra los Sarracenos y un posible aliado en la Cruzada.

En el entorno de la Iglesia se preguntan que clase de cristiano es este, fuera de los dominios romanos. Pero algunos soberanos anhelan este reino ideal, donde la soberanía reúne las funciones de sacerdocio e imperio, como aquellos sacerdotes-reyes, cuyo linaje se remonta al Génesis y materializa en la figura de Melquisedec.

La carta que escribe el Preste Juan en 1177 si se cree en la tradición, fue Manuel I Comneno el depositario de la carta, el mismo que recibe al conde de Flandes a su vuelta de Tierra Santa. El papel de Francia y de los franceses son representados por el Preste Juan como los guardianes privilegiados de su reino y su persona, un poco como Eschenbach hára con los templarios, los guardianes de Montsalvage. Podemos decir que el palacio del Preste Juan es el mismo que el Castillo del Grial.

"(…) Si queréis de nosotros cualquier cosa que esté en nuestro poder, pedídnosla, pues la haremos de muy buen grado. Y os rogamos que recordéis el Santo Pasaje, la Santa Travesía y que sea próximamente. Tened mucho coraje, gran valor en vosotros y no olvidéis dar muerte a esos falsos Templarios y paganos. Os rogamos que nos enviéis respuesta por el portador de ésta presente, y rogamos al rey de Francia que nos salve a todos esos Caballeros de más allá del mar, y que nos envíe a un Caballero valiente que sea de buena generación de Francia, mientras rogamos a Nuestro Señor que os de perseverancia en la gracia del Espíritu Santo. Amen".

Las alusiones que contiene el final de la carta hace pensar en la posibilidad de que la mano del Temple estuviese en su redacción. La carta alude a las traiciones como la de Lión de Casalier, que en 1168 vendió a los Sarracenos a los Templarios de Safed. Y a las diferentes traiciones de los Hospitalarios.

El mito del Grial se presenta impregnado de elementos sufíes y más particularmente iraníes, y no puede ser una mera coincidencia. La figura de Sohravardi es muy valiosa a la hora de comprender el posible cadena de transmisión del mito. Su escuela o "tariqat" incluía la sabiduría de Zoroastro, de Pitágoras, y de los neoplatónicos, manteniéndose en el seno del Islam, aunque sin sus dogmas. Resultaría extraño que durante su periplo por Anatolia oriental, Alepo, o Siria del Norte, con dominación franca no hubiese conectado con el Temple. Así como con otras Ordenes sufis como la Chishti, Qadiri o Naqshnandi que durante esa época funcionaban en Oriente Medio y se ramificaban desde la India hasta España. Los derviches errantes de la Orden Chishti eran conocidos como Chist o Chisht. Entraban en una ciudad tocando una animada melodía con flauta y tambor para convocar a la gente, antes de recitar una historia o leyenda de significado iniciático. Sus huellas las encontramos en el País Vasco en el conocido "chistu" , con indumentaria e instrumentos muy parecidos.

En 1177 , Sohravardi tenía 22 años y se había convertido en el Shaykh al Ishraq, el jefe y maestro de la senda mística de la Luz (ishraq). En la jerarquía esotérica chiíta, una de sus doctrinas era el del Imán oculto, aquel cuyo reino permanece oculto hasta su manifestación al final de los tiempos. Escribe Sohravardi: "Es él, a quien se llama polo (qotb) y es él quien tiene la autoridad, aunque es completamente desconocido por los hombres". El Rey del Grial se llama Arturo, en torno a él gravitan los Caballeros de la Tabla Redonda, así como los Imanes del Islam al qotb. La Carta del Preste Juan se inscribe perfectamente en este contexto.

Las relaciones fraternales e iniciáticas mantenidas entre templarios y diferentes cofradías sufis o drusas también se ven reflejadas en el Artículo IX de los "Estatutos Secretos de Roncelinus", dice: "Recibiréis fraternalmente a los hermanos de estas cofradías y también los Consolados de España y de Chipre recibirán fraternalmente a los Sarracenos, a los Drusos y aquellos que habitan en el Líbano…" (1).

Pero la síntesis de estos encuentros y transmisión de la leyenda del Grial nos la relata Wolfram von Eschenbach en su obra "Parzival" a través del Maestro Kyot de Toledo. Sabemos de la importancia de esta ciudad como enclave y lugar de encuentro de diferentes tradiciones como la cabalista, sufi y la mística cristiana. Veamos lo que el mismo refiere:

"Kyot, el Maestro bien conocido, encontró en Toledo, entre unos manuscritos abandonados, la materia de esta aventura, consignada en escritura arábiga.(…). Fue muy ventajoso para él haber recibido el bautismo (iniciático), pues de lo contrario esta historia habría quedado ignorada, ya que no existe pagano tan sabio como para revelarnos la naturaleza del Grial y sus virtudes secretas". El libro había sido escrito según nos cuenta por: "Un pagano (árabe), Flegetanis (…).Él fue quien escribió la aventura del Grial. Kyot, el maestro sabio, buscó entonces en los libros latinos dónde habría podido vivir un pueblo lo bastante puro y lo bastante inclinado a una vida de renuncia como para poder ser el custodio del Grial".

En esta obra se confirma la fuente islámica de la leyenda del Grial, así como su conexión con la tradición del Centro Supremo, a la cual la Orden del Temple estaba ligada. Su presencia en la tierra estaría bajo la custodia de cristianos "tan puros como los ángeles". En todo caso, en una época en la cual la verdad tenía aun valor, y esta verdad no era otra que la divina, sus transmisores fueron extremadamente discretos en revelar su origen y la función particular de este Medio iniciático.

El maestro sufí Rumi nos relata así su búsqueda del Santo Grial:

"La cruz de los cristianos, palmo a palmo examiné.
El no estaba en la cruz. Fui al templo Hindú a la antigua pagoda. En ninguno de ellos había huella alguna. Fui a las tierras altas del Herat, y a Kandahar. Miré. No estaba en las cimas ni en los valles. Resueltamente escalé la montaña de Kaf. Ahí sólo estaba la morada del (Legendario) pájaro Anqa. Fui a la Caaba de La Meca. El no estaba allí. Pregunté por El a Avicena, el filósofo. El estaba más allá del alcance de Avicena…

Miré dentro de mi propio corazón. En ése, su lugar, lo vi. No estaba en ningún otro lado".

La transmisión de este mito de múltiples facetas y su simbolismo nos fue legado a través de ciertas obras y de diversas fuentes lógicas y vinculaciones tradicionales. Sin embargo el Grial como Gran Obra de Realización fue transmitido y continúa comunicándose a través de otras formas del "ser", y que no están dentro del orden profano. Cuando se encuentra, se comprende el Secreto de esta sagrada búsqueda. Y la pregunta ¿A quién sirve el Grial?, es entonces respondida.


(1) Boletín Temple, Monográfico nº 1, La Regla Secreta del Temple.


sábado, 11 de enero de 2014

MILAGROS DE ANTAÑO






Milagros de antaño

  Staretz Paisios del Monte Athos



Los padres de antaño tenían una gran fe y una gran simplicidad. Aunque la mayoría de ellos fuese esencialmente analfabeta, recibían, sin embargo, la iluminación divina constante a causa de su humildad y su celo por el combate espiritual. Y aunque, en nuestros días, el conocimiento ha aumentado, desgraciadamente la lógica ha quebrantado la fe de las gentes en sus fundamentos y ha llenado sus almas de preguntas y dudas. Así, es natural que estemos privados de milagros, pues los milagros son vividos y no pueden ser explicados por la lógica.


Este espíritu terriblemente secular que prevalece en el hombre moderno, que ha vuelto toda su atención hacia una vida mejor, con mayores facilidades y menos esfuerzo, ha afectado desgraciadamente a las personas más espirituales; también ellas intentan ser más santas con menor esfuerzo, pero eso nunca puede suceder, pues, “los santos han dado su sangre y han recibido el Espíritu”. Mientras que nos regocijamos ahora en este gran avance hacia los santos padres y la vida monástica, y admiramos a los jóvenes valientes que se consagran a elevados ideales, al mismo tiempo, sufrimos porque vemos todo este buen material no encontrando la levadura espiritual apropiada, de la que esta pasta espiritual no se alza y acaba como con un pan sin levadura.


Antaño, incluso hace veinte años, la simplicidad abundaba en el “Jardín de la Theotokos” (la Santa Montaña de Athos). El perfume de la simplicidad de los padres atraía a las gentes temerosas de Dios como a las abejas y las alimentaba, mientras que, a su vez, transmitían esta bendición espiritual a otros para su provecho. Allá por donde se iba, se oían historias sencillas de milagros y de acontecimientos celestiales, pues los padres los consideraban como perfectamente naturales.


Viviendo en esta atmósfera espiritual de la gracia, nunca nos vendría la idea de dudar de lo que se hubiese oído, pues se vivía una parte en sí mismo. No habríais pensado jamás en tomar notas de estos acontecimientos espirituales, ni conservarlos en vuestra memoria para las generaciones venideras, porque pensaríais que esta forma de vida patrística continuaría. ¿Cómo se podía saber que en algunos años, la mayor parte de estas personas serían deformadas por demasiada educación, sabiendo que se les educa en el espíritu del ateismo y no en el de Dios, que puede santificar la educación externa, igualmente, y que la incredulidad llegaría a tal punto que los milagros serían considerados como cuentos de hechos de otro tiempo?








Las moscas y las abejas






El padre Paísios nos da un sabio consejo a propósito de los pensamientos negativos, utilizando el ejemplo de las moscas y las abejas. Como de costumbre, está lleno de discernimiento.



 “Sé por experiencia que, en esta vida, las personas están separadas en dos categorías. Una tercera no existe: se pertenece o bien a una, o bien a otra.



La primera categoría se asemeja a la mosca. La principal característica de la mosca, es que es atraída por todo lo que es sucio. Por ejemplo, cuando una mosca vuela sobre un jardín lleno de flores de buenas fragancias, ella las ignorará e irá a posarse en la cima de un montón de suciedad tirada por el suelo. Comenzará a agitarse y se sentirá bien en la fetidez. Si la mosca pudiera hablar, y le pidierais que os enseñara una rosa del jardín. Ella os respondería: “no sé a que se parece una rosa. Yo sé solamente como encontrar basura, aguas sucias y suciedad.” Hay personas que se asemejan a la mosca. Aquellos que pertenecen a esta categoría, han aprendido a pensar negativamente, y buscan siempre las malas cosas de la vida, ignoran y renuncian a la presencia del bien.



 La otra categoría de personas es como la abeja cuya particularidad principal es que busca siempre cualquier cosa dulce y buena donde posarse. Cuando una abeja se encuentra con algo llego de suciedad y hay un pequeño trozo de algo delicioso en una esquina, ignora la suciedad y va a posarse sobre la delicia. Ahora, si le pedimos a la abeja que nos muestre donde está la basura, responderá: “No lo sé. Solamente puedo deciros dónde encontrar flores, delicias, miel y azúcar”. No conoce más que las buenas cosas de la vida e ignora todo mal. Es esta la segunda categoría de personas, que tienen una manera de pensar positiva, y no ven más que el lado bueno de las cosas. Intentan siempre ocultar el mal, a fin de proteger a su prójimo; por el contrario, las personas de la primera categoría intentan exponer el mal y llevarlo a la superficie.



 Cuando alguien viene a mí y comienza a acusar a otros, y me pone en una situación difícil, yo le expongo el ejemplo precedente. Después le pido que decida a qué categoría quiere pertenecer, para que pueda encontrar personas del mismo espíritu para frecuentarlas”.










domingo, 5 de enero de 2014

LA SENDA ESPIRITUAL


 
 
 
La senda espiritual

SOGYAL RIMPOCHÉ
 
En el libro Charla de mesa, del maestro sufí Rumi, se encuentra este fuerte y atinado párrafo:

 El maestro dijo que en este mundo hay una sola cosa que nunca debe olvidarse. Si fueras a olvidar todo lo demás, pero no esto, no habría motivo de preocupación, mientras que si recordaras, realizaras y atendieras a todo lo demás pero olvidaras esa única cosa, en realidad no habrías hecho nada en absoluto. Es como si un rey te hubiera enviado a un país para cumplir una tarea específica y concreta. Vas a ese país y realizas otras cien tareas, pero si no realizas aquélla para la que te enviaron, es como si no hubieras realizado nada en absoluto. Del mismo modo, el hombre ha venido al mundo para cumplir una tarea específica, y ese es su objetivo. Si no la realiza, no habrá hecho nada.

 Todos los maestros espirituales de la humanidad nos han dicho lo mismo, que el objetivo de la vida en la tierra es lograr la unión con nuestra naturaleza fundamental iluminada. La «tarea » por la que el «rey» nos ha enviado a este país extraño y oscuro es la de conocer de modo profundo y encarnar nuestro verdadero ser. Y sólo hay una manera de hacerlo, que consiste en emprender el viaje espiritual con todo el fervor y la inteligencia, la valentía y la determinación posibles de transformarnos.

 Como les dice la Muerte a los Nachiketas en el Katha Upanishad:

 Existe la senda de la sabiduría y la senda de la ignorancia. Las dos están muy separadas y conducen a distintos finales. [...] Morando en la ignorancia, creyéndose sabios y eruditos, los necios vagan de un lado a otro sin rumbo, como ciegos conducidos por otros ciegos. Lo que yace más allá de la vida no resplandece para quienes son infantiles, descuidados o engañados por la riqueza.

 ENCONTRAR EL CAMINO

 En otras épocas y en otras civilizaciones, esta senda de transformación espiritual quedaba limitada a un número relativamente reducido de personas; hoy en día, en cambio, una gran proporción de la raza humana debe emprender la senda de la sabiduría si queremos salvar al mundo de los peligros internos y externos que lo amenazan. En estos tiempos de violencia y desintegración, la visión espiritual no es un lujo elitista, sino algo esencial para nuestra supervivencia.

 Nunca ha sido más difícil ni más urgente seguir el camino de la sabiduría. Nuestra sociedad está casi enteramente dedicada a la celebración del ego, con sus deplorables fantasías sobre el éxito y el poder, y celebra precisamente esas mismas fuerzas de codicia e ignorancia que están destruyendo el planeta. Nunca ha sido más difícil oír la voz no halagadora de la verdad, y una vez oída, nunca ha sido más difícil seguirla; porque en el mundo que nos rodea no hay nada que aliente nuestra elección, y toda la sociedad en la que vivimos parece negar cualquier idea de sacralidad o de eternidad. Así pues, en nuestro momento de mayor peligro, cuando se halla en duda nuestro futuro mismo, nos encontramos en la mayor confusión como seres humanos, prisioneros de una pesadilla creada por nosotros mismos.

 No obstante, en esta situación trágica hay también una significativa fuente de esperanza, y es que las enseñanzas espirituales de las grandes tradiciones místicas aún se hallan a nuestro alcance. Pero, por desgracia, hay muy pocos maestros que las encarnen, y una casi completa ausencia de discernimiento en quienes buscan la verdad. Occidente se ha convertido en un paraíso para los embaucadores espirituales. En el caso de un científico, existe la posibilidad de comprobar quién es auténtico y quién no, porque otros científicos pueden examinar su historial y verificar sus descubrimientos. Sin embargo, en Occidente, sin los criterios y orientaciones de toda una cultura orientada hacia la sabiduría, es casi imposible establecer la autenticidad de quienes se autodenominan «maestros». Por lo visto, cualquiera puede presentarse como maestro y atraer seguidores.

 No ocurría así en Tíbet, donde elegir un determinado maestro o camino a seguir resultaba mucho más seguro. La gente que llega por primera vez al budismo tibetano suele preguntarse por qué se concede tanta importancia al linaje, a la cadena de transmisión ininterrumpida de maestro a maestro. El linaje proporciona una salvaguarda esencial, pues mantiene la autenticidad y la pureza de la enseñanza. La gente sabe quién es un maestro por quién ha sido su maestro. No se trata de conservar un conocimiento ritual fosilizado, sino de transmitir de corazón a corazón, de mente a mente, una sabiduría viva y esencial y sus métodos hábiles y poderosos.

 Reconocer quién es y quién no es un verdadero maestro constituye un asunto sutil y delicado, y en una era como la nuestra, adicta al entretenimiento, a las respuestas fáciles y a las soluciones rápidas, los atributos más sobrios y menos espectaculares de la maestría espiritual muy bien pueden pasar inadvertidos.

 Nuestras ideas acerca de la santidad, de que es algo pío, insípido y manso, pueden volvernos ciegos a las manifestaciones dinámicas y a veces exuberantemente juguetonas de la mente iluminada.

 Patrul Rimpoché escribió: «Las extraordinarias cualidades de los grandes seres que ocultan su naturaleza escapan a las personas corrientes como nosotros, pese a todos nuestros esfuerzos por examinarlas. Por otra parte, hasta los embaucadores más corrientes son expertos en engañar a la gente comportándose como si fueran santos». Si Patrul Rimpoché pudo escribir tal cosa el siglo pasado en Tíbet, ¿cuánto más cierto no ha de ser en el caos de nuestro supermercado espiritual contemporáneo?

 Así pues, en esta era extraordinariamente desconfiada, ¿cómo podemos encontrar la confianza que tan necesaria nos es para seguir la senda espiritual? ¿Qué criterios podemos utilizar para determinar si un maestro es auténtico o no?

 Estas respuestas nos muestran que los verdaderos maestros son amables, compasivos, incansables en su deseo de compartir la sabiduría que puedan haber adquirido de sus maestros, nunca maltratan ni manipulan a sus alumnos en ninguna circunstancia, no los abandonan jamás en ninguna circunstancia, no sirven a sus propios fines sino a la grandeza de las enseñanzas, y permanecen siempre humildes. La auténtica confianza puede y debería desarrollarse sólo hacia alguien de quien, con el tiempo, se llega a saber que encarna todas estas cualidades. Entonces descubrirá usted que esta confianza llega a ser la base de su vida, siempre presente para sostenerlo en todas las dificultades de la vida y la muerte.

En el budismo determinamos si un maestro es auténtico o no en la medida en que la orientación que ofrece está de acuerdo con la enseñanza de Buda. No se puede insistir demasiado en que lo importante es la verdad de la enseñanza, nunca la personalidad del que la expone.

 Por eso Buda nos recordó en las «Cuatro Confianzas»:

Confía en el mensaje del maestro, no en su personalidad;
confía en el sentido, no sólo en las palabras;
confía en el sentido real, no en el provisional;
confía en tu mente de sabiduría, no en tu mente ordinaria
y crítica.

 Por consiguiente, es importante recordar que el auténtico maestro, como veremos, es el portavoz de la verdad, su compasiva «manifestación de sabiduría». De hecho, todos los budas, maestros y profetas son emanaciones de esta verdad, que se presentan bajo innumerables apariencias hábiles y compasivas con el fin de guiarnos, por medio de su enseñanza, hacia nuestra verdadera naturaleza. Así pues, al principio es más importante encontrar y seguir la verdad de la enseñanza que encontrar al maestro, puesto que estableciendo una conexión con la verdad de la enseñanza es como descubrirá usted su conexión viva con un maestro.

COMO SEGUIR EL CAMINO

Todos tenemos el karma para encontrar una senda espiritual u otra, y yo le aconsejaría, desde el fondo de mi corazón, que siguiera con completa sinceridad la senda que más le inspire.

Lea los grandes libros espirituales de todas las tradiciones, hágase una idea de lo que pueden querer decir los maestros cuando hablan de liberación e Iluminación, y descubra qué enfoque de la realidad absoluta lo atrae y le conviene más.
 
Aplique a su búsqueda todo el discernimiento de que sea capaz; la senda espiritual exige más inteligencia, más sobria comprensión y más sutiles poderes de discernimiento que ninguna otra disciplina, puesto que aquí se trata de la verdad más elevada.

Utilice su sentido común en todo momento. Acuda al camino jovialmente consciente del equipaje que lleva: sus deficiencias, fantasías, fracasos y proyecciones. Con aguda conciencia de cuál podría ser su verdadera naturaleza, combine una humildad sensata y realista y una clara apreciación de dónde se encuentra en la senda espiritual y qué le queda aún por entender y lograr.

 Lo más importante es no dejarse atrapar por lo que en Occidente veo por todas partes, la «mentalidad de ir de compras »: ir de compras de maestro en maestro, de enseñanza en enseñanza, sin la menor continuidad ni una auténtica dedicación sostenida a ninguna disciplina. Casi todos los grandes maestros de todas las tradiciones están de acuerdo en que lo esencial es dominar un camino, una senda hacia la verdad, siguiendo una tradición con toda la mente y todo el corazón hasta el final del viaje espiritual, y mostrándose al mismo tiempo abierto y respetuoso con todas las demás. En Tíbet decíamos: «Conociendo una, las cumples todas». La idea, hoy en boga, de que podemos mantener todas las opciones abiertas y que, por consiguiente, no hemos de comprometernos con nada en concreto es uno de los mayores y más peligrosos engaños de nuestra cultura, y una de las maneras más eficaces como el ego sabotea nuestra búsqueda espiritual.

Cuando se continúa buscando siempre, la propia búsqueda se convierte en una obsesión que se adueña de uno. Uno se convierte en un turista espiritual, siempre ajetreado de un lado a otro sin llegar nunca a ninguna parte. Dice Patrul Rimpoché: «Dejas tu elefante en casa y buscas sus huellas en el bosque».

Seguir una enseñanza no es un modo de limitarse o monopolizarse celosamente; es un modo hábil y compasivo de mantenerse centrado y siempre en el camino, a pesar de todos los obstáculos que uno mismo y el mundo presentarán inevitablemente.

Así pues, cuando haya explorado las tradiciones místicas, elija un maestro o maestra y sígalo. Emprender el viaje espiritual es una cosa, y otra muy distinta encontrar la paciencia y la constancia, la sabiduría, el coraje y la humildad que hacen falta para seguirlo hasta el fin. Puede que tenga usted el karma para encontrar un maestro, pero entonces tiene que crear el karma para seguir a su maestro. Muy pocos de nosotros saben seguir verdaderamente a un maestro, lo cual es un arte en sí mismo.

 Por lo tanto, no importa lo grande que sea la enseñanza o el maestro, lo esencial es que encuentre en usted mismo la intuición y la habilidad de aprender a amar y seguir al maestro y la enseñanza.

 Eso no es fácil. Las cosas nunca serán perfectas. ¿Cómo podrían serlo? Todavía estamos en el samsara. Aunque haya elegido usted a un maestro y siga las enseñanzas con la mayor sinceridad posible, a menudo se encontrará con dificultades y frustraciones, contradicciones e imperfecciones. No sucumba a los obstáculos ni a minúsculas dificultades; con frecuencia no son más que las emociones infantiles del ego. No permita que le impidan ver el valor esencial y perdurable de lo que ha elegido. No permita que la impaciencia lo haga renunciar a su compromiso con la verdad. Una y otra vez me ha entristecido comprobar que mucha gente adopta con entusiasmo una enseñanza o un maestro y tan pronto surgen los menores e inevitables obstáculos se desalientan, con lo que vuelven a caer en el samsara y en sus viejas costumbres y desperdician años o quizá toda una vida.

 Como dijo Buda en su primera enseñanza, la raíz de todo nuestro sufrimiento en el samsara es la ignorancia. Mientras no nos liberamos de ella, la ignorancia puede parecer interminable, y aun después de emprender el camino espiritual sigue obscureciendo nuestra búsqueda. No obstante, si tenemos esto en cuenta y llevamos las enseñanzas en el corazón, poco a poco iremos cultivando el discernimiento necesario para reconocer las innumerables confusiones de la ignorancia como lo que realmente son, y así nunca pondremos en peligro nuestro compromiso ni perderemos la perspectiva.

 La vida, como nos dijo Buda, es breve como un relámpago; pero, como señaló Wordsworth: «El mundo está demasiado con nosotros: obteniendo y gastando, dilapidamos nuestros poderes».

Esta dilapidación de nuestros poderes, esta traición a nuestra esencia, esta renuncia a la milagrosa oportunidad que nos ofrece esta vida, el bardo natural, para conocer y encarnar nuestra naturaleza iluminada, es quizá lo más descorazonador de la vida humana. Lo que en esencia nos dicen los maestros es que dejemos de engañarnos: ¿qué habremos aprendido si en el momento de la muerte no sabemos quiénes somos en realidad ?.

 (Extracto del libro El libro tibetano de la vida y de la muerte, SOGYAL RIMPOCHÉ)

 
COMENTARIO de José Saltarus:
 
Debemos aclarar que aunque en Oriente sea muy importante la relación Maestro-Discípulo, no olvidemos que en Occidente también han existido y existen maestros espirituales, la diferencia está en que el maestro occidental vive dentro de su mundo familiar, profesional y social, y no se dedica exclusivamente a la enseñanza espiritual rodeado de discípulos dentro de un templo, suele ser discreto y procura pasar desapercibido dentro de su entorno, lo que no le impide hacer su labor espiritual sea cual sea esta, o bien trabaja dentro de una tradición espiritual concreta como puede ser la tradición rosacruz, la masonería, el martinismo, el temple iniciático, el hermetismo o en vías más particulares como la cábala, la teúrgia o la alquimia. En definitiva todas estas artes y vías engloban lo que llamamos Tradición Esotérica Occidental.

 A lo largo de la historia podemos reconocer algunos de estos maestros occidentales sin ir muy lejos en la historia;  remontándonos a los siglos XV-XX encontramos personajes como Basilio Valentín, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Heinrich Khunrath, Michael Maier, Francis Bacon, Dom Pernety, Jacob Böhme, Saint-Germain, Cagliostro, Karl von Eckartshausen, Eliphas Leví, Martinez de Pascually. Louis-Claude de Saint-Martin, Fulcanelli, Kremmerz, Louix Cattiaux, …etc. Estos serían algunos de los maestros que conocemos por sus obras literarias o  por el trabajo realizado dentro de alguna orden iniciática de la tradición occidental europea o bien en alguna orden monástica, entre ellos incluso encontramos miembros o sacerdotes de la Iglesia Católica, sabemos que algunos jesuitas (Compañía de Jesús) tuvieron especial interés por la tradición Hermética. Sin embargo están también aquellos otros que se mantuvieron y mantienen en el silencio y el anonimato. Como indicaban los Manifiestos de los antiguos “Hermanos de la Rosa-Cruz” del siglo XVII (no confundir con las actuales organizaciones rosacruces americanas):

“Si a alguien le viene el deseo de vernos sólo por curiosidad, jamás entrará en contacto con nosotros. Pero si su voluntad lo lleva realmente y de hecho a inscribirse en el registro de nuestra cofradía, nosotros, que juzgamos por los pensamientos, le mostraremos la verdad de nuestras promesas; de modo que no daremos el lugar de nuestra residencia, porque los pensamientos, unidos a la voluntad real del lector, son capaces de darnos a conocer a él, y él a nosotros”.
 
La importancia de formar parte de una tradición espiritual concreta o linaje iniciático la podemos también encontrar en la obra del metafísico francés René Guénon (1886-1951). 

“La iniciación propiamente dicha consiste esencialmente en la transmisión de una influencia espiritual, transmisión que no puede efectuarse sino por medio de una organización tradicional regular, de tal manera que no podría hablarse de iniciación fuera de la adhesión a una tal organización. Hemos precisado que la “regularidad” debía ser entendida como excluyendo a todas las organizaciones seudoiniciáticas, es decir, a todas aquellas que, sean cuales sean sus pretensiones y por cualquier apariencia que adopten, no son efectivamente depositarias de ninguna influencia espiritual, y no pueden en consecuencia transmitir en realidad nada. Desde este momento es fácil de comprender la importancia capital que todas las tradiciones atribuyen a lo que se designa como la “cadena” iniciática, es decir, una sucesión que garantiza de manera ininterrumpida la transmisión de que se trata; fuera de esta sucesión, en efecto, la observación misma de las formas rituales sería en vano, pues faltaría el elemento vital esencial para su eficacia “.

 (René Guénon. Apreciaciones sobre la Iniciación .VIII De la Transmisión Iniciática.)