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domingo, 5 de enero de 2014

LA SENDA ESPIRITUAL


 
 
 
La senda espiritual

SOGYAL RIMPOCHÉ
 
En el libro Charla de mesa, del maestro sufí Rumi, se encuentra este fuerte y atinado párrafo:

 El maestro dijo que en este mundo hay una sola cosa que nunca debe olvidarse. Si fueras a olvidar todo lo demás, pero no esto, no habría motivo de preocupación, mientras que si recordaras, realizaras y atendieras a todo lo demás pero olvidaras esa única cosa, en realidad no habrías hecho nada en absoluto. Es como si un rey te hubiera enviado a un país para cumplir una tarea específica y concreta. Vas a ese país y realizas otras cien tareas, pero si no realizas aquélla para la que te enviaron, es como si no hubieras realizado nada en absoluto. Del mismo modo, el hombre ha venido al mundo para cumplir una tarea específica, y ese es su objetivo. Si no la realiza, no habrá hecho nada.

 Todos los maestros espirituales de la humanidad nos han dicho lo mismo, que el objetivo de la vida en la tierra es lograr la unión con nuestra naturaleza fundamental iluminada. La «tarea » por la que el «rey» nos ha enviado a este país extraño y oscuro es la de conocer de modo profundo y encarnar nuestro verdadero ser. Y sólo hay una manera de hacerlo, que consiste en emprender el viaje espiritual con todo el fervor y la inteligencia, la valentía y la determinación posibles de transformarnos.

 Como les dice la Muerte a los Nachiketas en el Katha Upanishad:

 Existe la senda de la sabiduría y la senda de la ignorancia. Las dos están muy separadas y conducen a distintos finales. [...] Morando en la ignorancia, creyéndose sabios y eruditos, los necios vagan de un lado a otro sin rumbo, como ciegos conducidos por otros ciegos. Lo que yace más allá de la vida no resplandece para quienes son infantiles, descuidados o engañados por la riqueza.

 ENCONTRAR EL CAMINO

 En otras épocas y en otras civilizaciones, esta senda de transformación espiritual quedaba limitada a un número relativamente reducido de personas; hoy en día, en cambio, una gran proporción de la raza humana debe emprender la senda de la sabiduría si queremos salvar al mundo de los peligros internos y externos que lo amenazan. En estos tiempos de violencia y desintegración, la visión espiritual no es un lujo elitista, sino algo esencial para nuestra supervivencia.

 Nunca ha sido más difícil ni más urgente seguir el camino de la sabiduría. Nuestra sociedad está casi enteramente dedicada a la celebración del ego, con sus deplorables fantasías sobre el éxito y el poder, y celebra precisamente esas mismas fuerzas de codicia e ignorancia que están destruyendo el planeta. Nunca ha sido más difícil oír la voz no halagadora de la verdad, y una vez oída, nunca ha sido más difícil seguirla; porque en el mundo que nos rodea no hay nada que aliente nuestra elección, y toda la sociedad en la que vivimos parece negar cualquier idea de sacralidad o de eternidad. Así pues, en nuestro momento de mayor peligro, cuando se halla en duda nuestro futuro mismo, nos encontramos en la mayor confusión como seres humanos, prisioneros de una pesadilla creada por nosotros mismos.

 No obstante, en esta situación trágica hay también una significativa fuente de esperanza, y es que las enseñanzas espirituales de las grandes tradiciones místicas aún se hallan a nuestro alcance. Pero, por desgracia, hay muy pocos maestros que las encarnen, y una casi completa ausencia de discernimiento en quienes buscan la verdad. Occidente se ha convertido en un paraíso para los embaucadores espirituales. En el caso de un científico, existe la posibilidad de comprobar quién es auténtico y quién no, porque otros científicos pueden examinar su historial y verificar sus descubrimientos. Sin embargo, en Occidente, sin los criterios y orientaciones de toda una cultura orientada hacia la sabiduría, es casi imposible establecer la autenticidad de quienes se autodenominan «maestros». Por lo visto, cualquiera puede presentarse como maestro y atraer seguidores.

 No ocurría así en Tíbet, donde elegir un determinado maestro o camino a seguir resultaba mucho más seguro. La gente que llega por primera vez al budismo tibetano suele preguntarse por qué se concede tanta importancia al linaje, a la cadena de transmisión ininterrumpida de maestro a maestro. El linaje proporciona una salvaguarda esencial, pues mantiene la autenticidad y la pureza de la enseñanza. La gente sabe quién es un maestro por quién ha sido su maestro. No se trata de conservar un conocimiento ritual fosilizado, sino de transmitir de corazón a corazón, de mente a mente, una sabiduría viva y esencial y sus métodos hábiles y poderosos.

 Reconocer quién es y quién no es un verdadero maestro constituye un asunto sutil y delicado, y en una era como la nuestra, adicta al entretenimiento, a las respuestas fáciles y a las soluciones rápidas, los atributos más sobrios y menos espectaculares de la maestría espiritual muy bien pueden pasar inadvertidos.

 Nuestras ideas acerca de la santidad, de que es algo pío, insípido y manso, pueden volvernos ciegos a las manifestaciones dinámicas y a veces exuberantemente juguetonas de la mente iluminada.

 Patrul Rimpoché escribió: «Las extraordinarias cualidades de los grandes seres que ocultan su naturaleza escapan a las personas corrientes como nosotros, pese a todos nuestros esfuerzos por examinarlas. Por otra parte, hasta los embaucadores más corrientes son expertos en engañar a la gente comportándose como si fueran santos». Si Patrul Rimpoché pudo escribir tal cosa el siglo pasado en Tíbet, ¿cuánto más cierto no ha de ser en el caos de nuestro supermercado espiritual contemporáneo?

 Así pues, en esta era extraordinariamente desconfiada, ¿cómo podemos encontrar la confianza que tan necesaria nos es para seguir la senda espiritual? ¿Qué criterios podemos utilizar para determinar si un maestro es auténtico o no?

 Estas respuestas nos muestran que los verdaderos maestros son amables, compasivos, incansables en su deseo de compartir la sabiduría que puedan haber adquirido de sus maestros, nunca maltratan ni manipulan a sus alumnos en ninguna circunstancia, no los abandonan jamás en ninguna circunstancia, no sirven a sus propios fines sino a la grandeza de las enseñanzas, y permanecen siempre humildes. La auténtica confianza puede y debería desarrollarse sólo hacia alguien de quien, con el tiempo, se llega a saber que encarna todas estas cualidades. Entonces descubrirá usted que esta confianza llega a ser la base de su vida, siempre presente para sostenerlo en todas las dificultades de la vida y la muerte.

En el budismo determinamos si un maestro es auténtico o no en la medida en que la orientación que ofrece está de acuerdo con la enseñanza de Buda. No se puede insistir demasiado en que lo importante es la verdad de la enseñanza, nunca la personalidad del que la expone.

 Por eso Buda nos recordó en las «Cuatro Confianzas»:

Confía en el mensaje del maestro, no en su personalidad;
confía en el sentido, no sólo en las palabras;
confía en el sentido real, no en el provisional;
confía en tu mente de sabiduría, no en tu mente ordinaria
y crítica.

 Por consiguiente, es importante recordar que el auténtico maestro, como veremos, es el portavoz de la verdad, su compasiva «manifestación de sabiduría». De hecho, todos los budas, maestros y profetas son emanaciones de esta verdad, que se presentan bajo innumerables apariencias hábiles y compasivas con el fin de guiarnos, por medio de su enseñanza, hacia nuestra verdadera naturaleza. Así pues, al principio es más importante encontrar y seguir la verdad de la enseñanza que encontrar al maestro, puesto que estableciendo una conexión con la verdad de la enseñanza es como descubrirá usted su conexión viva con un maestro.

COMO SEGUIR EL CAMINO

Todos tenemos el karma para encontrar una senda espiritual u otra, y yo le aconsejaría, desde el fondo de mi corazón, que siguiera con completa sinceridad la senda que más le inspire.

Lea los grandes libros espirituales de todas las tradiciones, hágase una idea de lo que pueden querer decir los maestros cuando hablan de liberación e Iluminación, y descubra qué enfoque de la realidad absoluta lo atrae y le conviene más.
 
Aplique a su búsqueda todo el discernimiento de que sea capaz; la senda espiritual exige más inteligencia, más sobria comprensión y más sutiles poderes de discernimiento que ninguna otra disciplina, puesto que aquí se trata de la verdad más elevada.

Utilice su sentido común en todo momento. Acuda al camino jovialmente consciente del equipaje que lleva: sus deficiencias, fantasías, fracasos y proyecciones. Con aguda conciencia de cuál podría ser su verdadera naturaleza, combine una humildad sensata y realista y una clara apreciación de dónde se encuentra en la senda espiritual y qué le queda aún por entender y lograr.

 Lo más importante es no dejarse atrapar por lo que en Occidente veo por todas partes, la «mentalidad de ir de compras »: ir de compras de maestro en maestro, de enseñanza en enseñanza, sin la menor continuidad ni una auténtica dedicación sostenida a ninguna disciplina. Casi todos los grandes maestros de todas las tradiciones están de acuerdo en que lo esencial es dominar un camino, una senda hacia la verdad, siguiendo una tradición con toda la mente y todo el corazón hasta el final del viaje espiritual, y mostrándose al mismo tiempo abierto y respetuoso con todas las demás. En Tíbet decíamos: «Conociendo una, las cumples todas». La idea, hoy en boga, de que podemos mantener todas las opciones abiertas y que, por consiguiente, no hemos de comprometernos con nada en concreto es uno de los mayores y más peligrosos engaños de nuestra cultura, y una de las maneras más eficaces como el ego sabotea nuestra búsqueda espiritual.

Cuando se continúa buscando siempre, la propia búsqueda se convierte en una obsesión que se adueña de uno. Uno se convierte en un turista espiritual, siempre ajetreado de un lado a otro sin llegar nunca a ninguna parte. Dice Patrul Rimpoché: «Dejas tu elefante en casa y buscas sus huellas en el bosque».

Seguir una enseñanza no es un modo de limitarse o monopolizarse celosamente; es un modo hábil y compasivo de mantenerse centrado y siempre en el camino, a pesar de todos los obstáculos que uno mismo y el mundo presentarán inevitablemente.

Así pues, cuando haya explorado las tradiciones místicas, elija un maestro o maestra y sígalo. Emprender el viaje espiritual es una cosa, y otra muy distinta encontrar la paciencia y la constancia, la sabiduría, el coraje y la humildad que hacen falta para seguirlo hasta el fin. Puede que tenga usted el karma para encontrar un maestro, pero entonces tiene que crear el karma para seguir a su maestro. Muy pocos de nosotros saben seguir verdaderamente a un maestro, lo cual es un arte en sí mismo.

 Por lo tanto, no importa lo grande que sea la enseñanza o el maestro, lo esencial es que encuentre en usted mismo la intuición y la habilidad de aprender a amar y seguir al maestro y la enseñanza.

 Eso no es fácil. Las cosas nunca serán perfectas. ¿Cómo podrían serlo? Todavía estamos en el samsara. Aunque haya elegido usted a un maestro y siga las enseñanzas con la mayor sinceridad posible, a menudo se encontrará con dificultades y frustraciones, contradicciones e imperfecciones. No sucumba a los obstáculos ni a minúsculas dificultades; con frecuencia no son más que las emociones infantiles del ego. No permita que le impidan ver el valor esencial y perdurable de lo que ha elegido. No permita que la impaciencia lo haga renunciar a su compromiso con la verdad. Una y otra vez me ha entristecido comprobar que mucha gente adopta con entusiasmo una enseñanza o un maestro y tan pronto surgen los menores e inevitables obstáculos se desalientan, con lo que vuelven a caer en el samsara y en sus viejas costumbres y desperdician años o quizá toda una vida.

 Como dijo Buda en su primera enseñanza, la raíz de todo nuestro sufrimiento en el samsara es la ignorancia. Mientras no nos liberamos de ella, la ignorancia puede parecer interminable, y aun después de emprender el camino espiritual sigue obscureciendo nuestra búsqueda. No obstante, si tenemos esto en cuenta y llevamos las enseñanzas en el corazón, poco a poco iremos cultivando el discernimiento necesario para reconocer las innumerables confusiones de la ignorancia como lo que realmente son, y así nunca pondremos en peligro nuestro compromiso ni perderemos la perspectiva.

 La vida, como nos dijo Buda, es breve como un relámpago; pero, como señaló Wordsworth: «El mundo está demasiado con nosotros: obteniendo y gastando, dilapidamos nuestros poderes».

Esta dilapidación de nuestros poderes, esta traición a nuestra esencia, esta renuncia a la milagrosa oportunidad que nos ofrece esta vida, el bardo natural, para conocer y encarnar nuestra naturaleza iluminada, es quizá lo más descorazonador de la vida humana. Lo que en esencia nos dicen los maestros es que dejemos de engañarnos: ¿qué habremos aprendido si en el momento de la muerte no sabemos quiénes somos en realidad ?.

 (Extracto del libro El libro tibetano de la vida y de la muerte, SOGYAL RIMPOCHÉ)

 
COMENTARIO de José Saltarus:
 
Debemos aclarar que aunque en Oriente sea muy importante la relación Maestro-Discípulo, no olvidemos que en Occidente también han existido y existen maestros espirituales, la diferencia está en que el maestro occidental vive dentro de su mundo familiar, profesional y social, y no se dedica exclusivamente a la enseñanza espiritual rodeado de discípulos dentro de un templo, suele ser discreto y procura pasar desapercibido dentro de su entorno, lo que no le impide hacer su labor espiritual sea cual sea esta, o bien trabaja dentro de una tradición espiritual concreta como puede ser la tradición rosacruz, la masonería, el martinismo, el temple iniciático, el hermetismo o en vías más particulares como la cábala, la teúrgia o la alquimia. En definitiva todas estas artes y vías engloban lo que llamamos Tradición Esotérica Occidental.

 A lo largo de la historia podemos reconocer algunos de estos maestros occidentales sin ir muy lejos en la historia;  remontándonos a los siglos XV-XX encontramos personajes como Basilio Valentín, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Heinrich Khunrath, Michael Maier, Francis Bacon, Dom Pernety, Jacob Böhme, Saint-Germain, Cagliostro, Karl von Eckartshausen, Eliphas Leví, Martinez de Pascually. Louis-Claude de Saint-Martin, Fulcanelli, Kremmerz, Louix Cattiaux, …etc. Estos serían algunos de los maestros que conocemos por sus obras literarias o  por el trabajo realizado dentro de alguna orden iniciática de la tradición occidental europea o bien en alguna orden monástica, entre ellos incluso encontramos miembros o sacerdotes de la Iglesia Católica, sabemos que algunos jesuitas (Compañía de Jesús) tuvieron especial interés por la tradición Hermética. Sin embargo están también aquellos otros que se mantuvieron y mantienen en el silencio y el anonimato. Como indicaban los Manifiestos de los antiguos “Hermanos de la Rosa-Cruz” del siglo XVII (no confundir con las actuales organizaciones rosacruces americanas):

“Si a alguien le viene el deseo de vernos sólo por curiosidad, jamás entrará en contacto con nosotros. Pero si su voluntad lo lleva realmente y de hecho a inscribirse en el registro de nuestra cofradía, nosotros, que juzgamos por los pensamientos, le mostraremos la verdad de nuestras promesas; de modo que no daremos el lugar de nuestra residencia, porque los pensamientos, unidos a la voluntad real del lector, son capaces de darnos a conocer a él, y él a nosotros”.
 
La importancia de formar parte de una tradición espiritual concreta o linaje iniciático la podemos también encontrar en la obra del metafísico francés René Guénon (1886-1951). 

“La iniciación propiamente dicha consiste esencialmente en la transmisión de una influencia espiritual, transmisión que no puede efectuarse sino por medio de una organización tradicional regular, de tal manera que no podría hablarse de iniciación fuera de la adhesión a una tal organización. Hemos precisado que la “regularidad” debía ser entendida como excluyendo a todas las organizaciones seudoiniciáticas, es decir, a todas aquellas que, sean cuales sean sus pretensiones y por cualquier apariencia que adopten, no son efectivamente depositarias de ninguna influencia espiritual, y no pueden en consecuencia transmitir en realidad nada. Desde este momento es fácil de comprender la importancia capital que todas las tradiciones atribuyen a lo que se designa como la “cadena” iniciática, es decir, una sucesión que garantiza de manera ininterrumpida la transmisión de que se trata; fuera de esta sucesión, en efecto, la observación misma de las formas rituales sería en vano, pues faltaría el elemento vital esencial para su eficacia “.

 (René Guénon. Apreciaciones sobre la Iniciación .VIII De la Transmisión Iniciática.)

 

 

martes, 24 de diciembre de 2013

LA NAVIDAD EN LA TRADICIÓN INICIÁTICA


 

 

"Cristo puede nacer mil veces en Belén;
pero si no nace dentro de tu corazón, de nada servirá"

                                                    (ANGELUS SILESIUS)
 

LA FIESTA DE NAVIDAD

Omraam Mikhael

Si existen cuatro fiestas cardinales: Navidad, Pascua, la fiesta de san Juan y la de san Miguel, no es por casualidad o porque algunos religiosos hayan considerado conveniente instituirlas, sino porque corresponden a fenómenos cósmicos. En el transcurso del año, el sol pasa por cuatro puntos cardinales (equinoccio de primavera, solsticio de verano, equinoccio de otoño y solsticio de invierno), y durante estos cuatro períodos se produce en la naturaleza gran afluencia y circulación de energías que ejercen influencia sobre la tierra y sobre todos los seres que la pueblan: las plantas, los animales, los humanos...

 Los Iniciados, que han estudiado estos fenómenos, han observado que si el hombre está atento, si se prepara y se pone en armonía para recibir estos efluvios, pueden producirse en él grandes transformaciones.

 La tradición Cristiana relata que Jesús nació el 25 de Diciembre, a medianoche. En dicho día, el sol acaba de entrar en la constelación de Capricornio. Simbólicamente, Capricornio está relacionado con las montañas, con las grutas, y es precisamente en la oscuridad de una gruta donde puede nacer el Niño Jesús. Durante el resto del año la naturaleza y el hombre han desarrollado una gran actividad, pero cuando se acerca el invierno muchos trabajos se paralizan, los días menguan, las noches se alargan; es el momento de la meditación, del recogimiento, lo cual le permite al hombre penetrar en las profundidades de su ser y elaborar las condiciones requeridas para el nacimiento del Niño.

 Cuando sale de Capricornio, el sol entra en Acuario, y Acuario es el agua, el bautismo, la vida que brota produciendo nuevas corrientes. Al salir de Acuario el sol entra en Piscis, y allí tiene lugar esta pesca de la que hablaba Jesús cuando les decía a sus discípulos que serían pescadores de hombres. Pero volvamos al nacimiento de Jesús. Cada año, el 25 de Diciembre, a medianoche, la constelación de Virgo asciende en el horizonte; por eso se dice que Jesús nació de la Virgen. En el punto opuesto aparece Piscis, y en medio del Cielo se puede ver la magnífica constelación de Orión en cuyo centro se alinean las tres estrellas que, según la tradición popular, representan a los tres Reyes Magos.

 Dejemos a un lado la cuestión de saber si Jesús nació verdaderamente el 25 de Diciembre, a medianoche. Lo que nos interesa es que en esta fecha tiene lugar en la naturaleza el nacimiento del principio crístico, de esta luz y de este calor que van a transformarlo todo. Durante este período, en el Cielo también se celebra esta fiesta: los Angeles cantan y todos los Santos, los grandes Maestros y los Iniciados se reúnen para orar, para dar gloria al Eterno y festejar el nacimiento de Cristo, que nace realmente en el universo.

Y durante este tiempo, en la tierra, ¿ dónde está la gente? En los cabarets, los dancings y los clubs nocturnos, en donde comen, beben y están de juerga para festejar el nacimiento de Jesús... ¡Qué mentalidad! Y lo más extraordinario es que hasta las personas más inteligentes encuentran que es normal celebrar la Navidad de esta forma. En vez de ser consciente de la importancia de un acontecimiento que no se produce más que una vez cada año, cuando toda la naturaleza está atenta para preparar la nueva vida, el hombre tiene la cabeza en otra parte. Por eso no recibe nada: al contrario, pierde la gracia y el amor del Cielo. Porque, ¿qué creéis que puede dar el Cielo a un ser que permanece insensible a estas corrientes divinas? El discípulo, en cambio, se prepara: sabe que en la noche de Navidad, Cristo nace en el mundo en forma de luz, de calor y de vida, y prepara las condiciones convenientes para que este Niño divino nazca también en él.

 Hace dos mil años Jesús nació en Palestina, pero eso no es más que el aspecto histórico de la Navidad, y el aspecto histórico, ¿ sabéis?, es secundario para los Iniciados. Porque, además de ser un acontecimiento histórico, el nacimiento de Cristo es un acontecimiento cósmico: es la primera manifestación de vida en la naturaleza, el principio de todas las manifestaciones. Luego, este nacimiento es un acontecimiento místico, es decir, que Cristo debe nacer en cada alma humana como principio de luz y de amor divino. Eso es el nacimiento de Jesús, y en tanto el hombre no posea la luz y el amor, el Niño Jesús no puede nacer en él. Puede celebrarlo, puede esperarlo..., pero nada va a ocurrir.

 Jesús nació hace dos mil años, así que, para conmemorarlo, vamos a la iglesia, cantamos que Jesús vino para salvarnos, y, puesto que estamos salvados, ¿verdad?, podemos seguir pecando, bebiendo y comiendo: estamos tranquilos para toda la eternidad. Así es como los humanos comprenden el nacimiento de Jesús. Pero pocos piensan en trabajar, en estudiar, en hacer esfuerzos para que Jesús nazca interiormente en cada alma, en cada espíritu. Si basta con que Jesús haya venido a la tierra hace dos mil años, ¿ por qué el Reino de Dios todavía no ha llegado? Las guerras, las miserias, las enfermedades, todo eso debería haber desaparecido...

No niego que el nacimiento de Jesús haya sido un acontecimiento histórico de una gran importancia, pero lo esencial son los aspectos cósmico y místico de la fiesta de Navidad. Porque no solamente el nacimiento de Cristo es un acontecimiento que se produce cada año en el universo, sino que, en cada instante, Cristo puede nacer también en nosotros. Podéis releer la historia del nacimiento de Jesús tan a menudo como queráis, y cantar: «Ha nacido el divino Niño»; de nada os servirá si Cristo no nace en vosotros. Lo que ahora hace falta es que cada uno tenga el deseo de hacerlo nacer en su alma para llegar a ser como él, a fin de que la tierra esté poblada de Cristos. Esto es, además, lo que pedía Jesús cuando decía: «En verdad, en verdad os digo que aquél que crea en mí hará, también él, las obras que yo hago. Y aún más grandes».
 

sábado, 7 de diciembre de 2013

EL TEMPLE Y LA TRADICIÓN INICIÁTICA BIZANTINA


 

 
 
El Temple y la tradición iniciática bizantina
Los “Hermanos de Oriente” era una fraternidad iniciática fundada hacia el año 1054 por el monje ortodoxo Miguel Psellos y que tenía su sede en Constantinopla. En el año 1090, el Emperador Alexis I Commeno le otorga estatutos definitivos y le concede privilegios reales.
Los Hermanos de Oriente reunían a sabios y doctos orientales dedicados principalmente a la Alquimia espiritual y metálica. Este cenáculo poseía la filiación de los antiguos gremios orientales de constructores, ya existentes en el siglo IV A.C., los cuales, a su vez, eran los continuadores de los Colegios Sacerdotales y de las cofradías de metalúrgicos y alquimistas asentadas en las laderas del monte Sinaí desde el siglo X A.C. por cuenta de los faraones de Egipto. (Esta tradición oral se vio confirmada modernamente por los descubrimientos que refiere Robert Eisler en su obra Die KJenitischen Weirenschriften).
Desde el año 1184 los dignatarios de los Hermanos de Oriente comenzaron a mantener relaciones regulares con los Caballeros Templarios instalados en Palestina a causa de las Cruzadas. Los iniciados del Cristianismo oriental transmitieron sus secretos y filiaciones a los caballeros francos, hecho éste que dio origen a la leyenda y a la dignidad de “Caballero de Oriente y Occidente”.
Después de la caída del Imperio de Oriente por los ataques de los turcos selqyúsidas en 1453, numerosos iniciados de los Hermanos de Oriente huyeron de Constantinopla y se refugiaron en Europa central (especialmente en Alemania y Bohemia), y en Italia. En su gran mayoría pertenecían a la aristocracia intelectual bizantina: hermetistas, geómetras, teúrgos, médicos, músicos, alquimistas, poetas, etc.. Junto con el platonismo que haría frente a la omnímoda presencia intelectual de Aristóteles, los sabios de Constantinopla llevaron a Occidente ciertas doctrinas esotéricas y conocimientos ocultos que arraigarían y luego fructificarían bajo múltiples apariencias.
Por más de un siglo las actividades de los Hermanos de Oriente exiliados se mantuvieron ocultas. Durante tal período fueron muy frecuentes sus contactos con capítulos secretos derivados de los disueltos Caballeros del Temple y con alguna de sus herederas directas, las primeras corrientes rosacrucianas, brindándose mutua protección y ayuda.
De esta antigua Hermandad hermético-cristiana provienen ciertos símbolos tradicionales que fueron transmitidos a la Fraternidad de los Filósofos Desconocidos y por medio de esta a la Sociedad de los Sabios Incognitos que, bajo la cobertura de la “Societé des Intimes”, fundara Louis Claude de Saint-Martín para perpetuar la teúrgia de la Vía Interior.
Durante el siglo XVIII la actividad de la Fraternidad de los Filósofos Desconocidos en toda Europa fue intensa y semipública. Grandes personalidades decoraron sus filas: el príncipe Christian von Hesse, el príncipe Alexis Borisowitz Galitzin, los hermetistas Duchanteau y su discípulo el conde Saxonius Comneno, testimonio vivo de la alianza multisecular existente entre la F.F.D. y la Casa de los Comneno.
En Francia, la F.F.D. se manifestó como tal hacia 1646 y habría despertado las resistencias de ciertos sectores católicos impregnados del naciente espíritu moderno y racionalista para quienes las doctrinas tradicionales y esotéricas eran ya incomprendidas y por ende sospechosas.
En tierras germánicas, la actividad esotérica de F.F.D. dedicada especialmente a la Alquimia cristiana, produjo una gran floración de espíritus selectos entre los siglos XVI y XVIII. Entre otros grandes iniciados se destacaron especialmente: Heinrich Khunrath (1560-1605), Jacob Böhme (1575-1624), Georg Gichtel (1638-1710), y Rudolf von Salzmann (1774-1871), quien iniciara personalmente a Johan W. von Goethe (1749-1832) y al marqués Louis Claude de Saint-Martín (1743-1803).
Según la tradición, el marqués de Saint-Martín recibió su primera iniciación en la Fraternidad de los Filósofos Desconocidos durante su viaje a Londres en 1787. Al año siguiente recibió un nuevo grado en Estrasburgo de manos del Hno. Rudolf von Sazmann (S * I *) “sous la Masque, le Manteau e la Cordelière …”.
 
Después de la muerte de Saint-Martín en 1803, la Iniciación S.I. continuó siendo transmitida de persona a persona dentro del marco de la Libre Iniciación.
(Extracto de la Introducción “Louis Claude de Saint-Martín y los Superiores Incógnitos”, de la obra ECCE HOMO, Louis-Claude de Saint Martín.)
G.E.I.M.M.E./ EDITORIAL MANAKEL
 


sábado, 26 de octubre de 2013

INICIACIÓN Y CABALLERÍA


 
SOBRE LA CABALLERÍA MEDIEVAL

       Dr. Carlos Raitzin
 Esta exposición debería haberse titulado con mayor propiedad "La Metafísica de la Caballería y el Santo Grial". Esto  por cuanto nuestro deseo es centrarnos en aquellos aspectos relativos a la Tradición Primordial Esotérica que  explican a la Caballería en su esencia, modos, objetivos y razón de ser.
  Los aspectos  externos del fenómeno y sus  circunstancias  son relativamente  bien  conocidos.  Las justas y  torneos,  el  amor cortés  y los caballeros andantes permanecen en nuestro recuerdo como algo querido. El Caballero sigue siendo a través de los  siglos un  héroe folklórico, siempre dispuesto a defender las  causas del bien y de la justicia con valor indomable, siempre al  servicio  de los débiles y desprotegidos.  Sus ideales espirituales siempre prevalecían y orientaban su gesta, aún cuando el  objeto último de sus afanes no resultaba en absoluto  claro  para  la mayoría de la gente. Recuerdo a Mark Twain cuando en su libro "Un yanqui  en la corte del Rey Arturo" ironizaba diciendo que todos los Caballeros iban a la búsqueda del Santo Grial, sin que ninguno supiera decir con precisión de que se trataba esto.
  En definitiva que el Caballero llegó a ser y permanece como una figura arquetípica, única y a la que no se alcanza con solamente ética, valor, destreza y cortesía. Así como Rudolf Otto afirmaba que  la  bondad  por si sola no alcanza a lo santo  sino que  es necesario  además  lo  numinoso, así vemos que  en  el auténtico Caballero también lo numinoso está presente y que él no es figura del todo de este mundo.
 
  A esta altura no faltará el bien informado que denuncie que  la realidad  histórica  se apartó a menudo de estos  ideales.  Basta leer por ejemplo la historia de las Cruzadas para convencerse  de las atrocidades que cometieron muchos Caballeros. Pero acaso, no sucedió así siempre en este mundo? Que más alejado de los ideales religiosos que el fanatismo, las torturas de la Inquisición o los manejos del Banco Ambrosiano? Esas cosas están ahí, son hechos y si  queremos  la verdad no podemos ignorarlos. De cosas  aun más escandalosas para las mentes pusilánimes deberemos hablar hoy  si en realidad queremos conocer en alguna medida cual es la realidad del Grial. Mi único afán es acercarme a la verdad y no complacer a quienes están cegados por dogmas absurdos.
 
   Para  hacer muy claramente comprensible el sentido último del tema  que trataremos hoy es imprescindible tratar aquí un asunto de  importancia  capital (y al que el mundo desacralizado de  hoy contempla con desdén como si tan solo fuera una quimera propia de mentes  confundidas). Ese asunto es la naturaleza esencial  de  la caballería espiritual del medioevo (y de siempre) respecto de  la cual reina hoy tanto desconocimiento como incomprensión.
 Para poner en claro esto procedamos contrario sensu planteando algunas  preguntas cuya respuesta merece ser conocida por todos:
    Cual  es  la  razón para que el rey Francisco  I  exigiera  de Bayardo  que  lo armara caballero? Por cual motivo  Isabel I de Inglaterra se hizo armar caballera el día mismo de su coronación? Como  es que el Papa Inocencio III en una bula se jactaba  no de ser  Pontífice sino de ser Caballero Templario? Por que Philippe le  Bel, rey de Francia, se quejaba en una carta a su pariente  y protegido el Papa Clemente V, deplorando  que ni el ni su sobrino habían  sido recibidos como Caballeros Templarios?  Cual  es  la misteriosa razón tras el dicho tradicional "Más vale ser Caballero que príncipe hijo de rey o rey mismo"?
 
 Todas  estas preguntas tienen una sola y taxativa respuesta:  la Caballería  Tradicional  supone una Iniciación, entendiendo  por esto la transmisión de una influencia espiritual que permitirá a quien  es  digno y calificado para recibirla  la  realización  de grandes hechos en lo externo y en lo interior pero que nada cambiará en quien es indigno de ser Caballero!  Por ello será conveniente y deseable referirse a  la Caballería Espiritual o, mejor aún, Iniciática para distinguirla del que solo practica la guerra y el combate o bien con  quienes usurpan el título de Caballero sin derecho a ello.
 
  Lo  dicho  basta  para comprender dos puntos fundamentales. El primero es el abismo de diferencia que existe entre el esoterismo iniciático y el simple exoterismo religioso pues hasta un Papa se ufanaba  no  de ser pontífice sino de pertenecer al Temple como Caballero. El segundo punto es la tremenda importancia de lo que  impulsaba a muchos poderosos y espíritus ilustres a pertenecer  a la Caballería. Recordemos el caso de Dante Alighieri, Bocaccio y los  "Fedeli d'Amore" de quienes me he ocupado  en  otro trabajo. 
 
  Está claro que el mundo de hoy ha olvidado todo al respecto del sentido y misión Iniciáticos de la Caballería y prueba de ello es que aquí y allí surgen nuevas órdenes que pretenden ser honoríficas y no pasan de carnavalescas, dado que no poseen ni raíces  en el pasado ni filiación iniciática alguna. En algunos casos pretenden reducir lo iniciático a lo meramente religioso y exotérico (como es el caso en nuestro medio de los caballeros de San Martín de Tours y algún otro engendro de ese estilo). Desde luego  esto es una prueba de la formidable ignorancia respecto de la Tradición Iniciática en que vive ese tipo de personas. La parodia es su refugio pues  no pueden comprender ni alcanzar a lo verdaderamente  trascendente.
 
  Dejando  pues  estas tonterías para los tontos que  toman a la parte  por  el todo pretendemos hoy revisitar este  asunto y  el inseparablemente  conexo tema del Santo Grial, cosas ambas sobre las que se ha escrito mucho pero se ha silenciado más aún y que, en todo caso, se han comprendido muy poco.
 
  Naturalmente  no  se  trata de revisar aquí  las narraciones y leyendas  del ciclo arturiano y posteriores pues ello demandaría mucho  tiempo y daría poco fruto. En rigor no conviene basarse para el estudio del tema en las novelas de caballería, salvo de manera accesoria.  De  hecho estas son obras de fantasía y en su mayor parte escritos por autores que no eran caballeros. De concederles demasiado crédito terminaríamos como Don Quijote con  el  seso sorbido  por pasar las noches de claro en claro y  los días  de turbio en turbio...
 
  Lo verdaderamente importante a partir de lo dicho es citar en nuestro  apoyo  las opiniones de diversos tratadistas del  tema.  Históricamente es Victor Michelet quien primero destacó en forma explícita el carácter iniciático de la Caballería. Maurice Keen, profesor en Oxford que ha dedicado un documentado libro al  tema, parte de una óptica puramente místico-religiosa (es decir exotérica)  pero sus propias afirmaciones refuerzan nuestro  punto de vista. Helas aquí: "Estos relatos demuestran lo conciente que era la caballería a finales de la Edad Media, de poseer lo que yo he llamado su propia continuidad apostólica, e ilustran su confianza en su propia e independiente ética seglar (es decir laica)".
 
  Resulta muy importante citar este texto para dejar en claro que en realidad lo que Keen percibe sin comprender en la Caballería es la existencia del indispensable linaje iniciático y, en segundo lugar, la ya apuntada independencia de la Caballería de  toda característica del tipo religioso corriente. Esto puede sorprender a quienes hayan leído de como se velaban las armas y  se armaba caballeros  en las iglesias pero, en rigor, esto solo era  recurso conveniente para que el nuevo caballero recibiera su ordenamiento con adecuados recogimiento y paz de espíritu.
 
   Apuntemos  de paso que León Gautier, gran  historiador francés del tema, incurre en el mismo error de óptica pues consideraba  a la  Caballería como el octavo sacramento de la Iglesia  medieval. En  realidad una iniciación está y estará  por siempre muy por  arriba de cualquier sacramento habido y por haber, dado que lo sacramental es cosa propia de lo meramente religioso, perteneciendo así a un orden inferior de cosas. Si bien la Iglesia luchó por desempeñar el papel de otorgadora de la orden de caballería casi siempre era  un Caballero laico quien la otorgaba a un aspirante  y esto era naturalmente lo correcto para mantener el linaje o filiación iniciática. Un Caballero podía armar a un aspirante en  cualquier lugar y momento y de ninguna manera se requería iglesia o  fraile para la ordenación o recepción de armas del nuevo Caballero.
  Pero antes de dar más detalles sobre esto y el asociado concepto del "honor compartido" bueno será que, por una cuestión de orden, entremos en materia hablando del sentido y contenido de la Caballería,  más allá de los aspectos triviales de ética,  valor, destreza y cortesía que todos conocen.
 
  Ante todo dejemos que los textos hablen. Emocionan especialmente las  palabras  de Juan I de Portugal a sus caballeros viejos  y nuevos pues acababa de conceder la caballería a sesenta escuderos portugueses e ingleses. Esto fue en 1358 y estaban presentes los Caballeros Templarios bajo su nuevo nombre de Orden del Cristo de Portugal, concedido por el anterior rey Dionís. Recordemos que la Orden  del Temple había sido destruida y disuelta en 1312 por  la infamia del Papa Clemente V y del rey de Francia Philippe le Bel.       
 Así habló el rey Juan I en vísperas de las batalla en que batieron a los castellanos, según narra Froissart: "Mis buenos señores: esta orden de caballería es tan grande  y tan noble  que el que es caballero no debería ocuparse  de  cosa alguna  que sea baja , vil o cobarde, sino que deberéis  ser tan fuertes  y  orgullosos como el león cuando persigue a  su presa.  Y, por lo tanto, es mi deseo que en este día demostréis tanto valor como siempre acostumbráis. Esta es la razón de que os haya puesto a  la vanguardia en la batalla, para que podáis ganar honor;  de otro  modo vuestras espuelas no estarán bien puestas en  vuestros talones". Aclaremos que el colocar espuelas era antaño parte  del ritual  de  iniciación en la Caballería.  Volveremos luego sobre este punto importante.
 
   Sin  embargo y de lo anterior podría surgir la idea errónea de que bastaría el valor y destreza en combate para ser un perfecto caballero. No es así sin embargo pues los compromisos éticos del Caballero eran mucho más severos y exigentes. Ello surge  del ritual  mismo  de  iniciación del cual el célebre Ramón  Llull  (o Raimundo Lulio)  nos  ha legado admirable descripción en su "Libro  de  la Orden  de Caballería". Allí todo es símbolo. El baño previo  del nuevo Caballero es símbolo de purificación. El cinturón  blanco que se le ciñe representa la castidad. La espada que empuñará es bendecida generalmente antes con palabras que recuerdan al  ordenado  su deber de proteger a la justicia y a los débiles, a  las viudas  y  a  los huérfanos. Se le fijan  las espuelas, símbolo tradicional del dominio que debe ejercer sobre la bestia o sea su propia naturaleza inferior. Por último recibe la acolada o suave bofetón  símbolo de sufrimientos y pruebas y el ósculo fraternal que  lo liga a la Orden para siempre. Previamente ha recibido  el espaldarazo, toque con la espada en los hombros y la coronilla  y que  constituye  el momento culminante de su ordenación,  la  que constituye en sí la iniciación caballeresca llamada  a  menudo como hemos visto "recepción de armas".
     Es aquí donde deben plantearse varias cuestiones de alto interés que intentaremos contestar cumplidamente en lo que sigue.   Aclaremos en primer lugar, siguiendo de cerca a René Guénon, lo relativo  a las diferencias entre las iniciaciones caballeresca, sacerdotal  y  real.  En primer lugar ya hemos aclarado  que  la verdadera  ordenación como Caballero ni era sacramento ni bendición  sacerdotal.  Era y es, insisto, una iniciación y  el  único facultado  para transmitirla era un Caballero ya iniciado  antes, continuando así  el linaje como ya se ha  subrayado.  Que  esto fuera a veces practicado por un sacerdote era en sí incorrecto  y hacía que dicha iniciación se reduciera en tales casos a algo puramente  simbólico.
 Vale  la pena demostrar esto con apoyo de  documentos conocidos. San  Bernardo de Clairvaux fue en su momento la figura cumbre  de la  cristiandad y había recibido de los sacerdotes druidas en  su juventud  una  iniciación sacerdotal que transmitió a  los  nueve Caballeros que con Hughes de Payens a la cabeza fundaron la Orden del Temple. Es importante subrayar esto por cuanto esos Caballeros  ya lo eran cuando San Bernardo los inició. Sin embargo  San Bernardo  no poseía al parecer iniciación caballeresca  alguna. Esto  explica su conducta cuando se trató de hacer  Caballero  a Enrique,  hijo del conde de Champagne. San Bernardo  le  escribe entonces a Manuel Conmeno, emperador griego que sí era Caballero,  diciéndole que le enviará a Enrique para que lo ordene como tal. Si todo se hubiera reducido a una simple bendición sacerdotal o bien si hubiera correspondido una iniciación sacerdotal  San Bernardo mismo hubiera podido sobradamente otorgarla. Vemos además que  René Guénon se equivoca en "Autorité Spirituelle et Pouvoir Temporel" cuando  sostiene  que necesariamente  los  sacerdotes iniciados debían conferir ambos tipos de iniciaciones lo que, según Guénon, aseguraría  la legitimidad efectiva de la transmisión espiritual que ello supone. Solo puede transmitirse en rigor lo que previamente se ha recibido.
    Al  llegar  a este punto es menester una  aclaración  obvia. Al hablar de iniciación sacerdotal no nos referimos al sacerdocio de  ningún  credo  exotérico.  Más propio sería hablar  en  términos hinduístas trazando un paralelo con el Brahmin y  el Kshatriya, donde si se presenta algo que  tiene carácter iniciático y un paralelo evidente con lo que aquí  nos ocupa. Hay una diferencia esencial entre ambas  castas, la de los Brahmines y la de los Kshatriyas. El Brahmin  pertenece a  la casta más alta cuya función y misión es puramente  espiritual.  El  combate cae fuera de sus deberes. El Kshatriya  es  el guerrero  por excelencia. Kshata significa dolor y  Kshatriya  es quien  libra combate para liberar a los seres del  dolor.  Vemos pues que la Iniciación Caballeresca viene de antiguo y de  lejos. Sería  muy interesante pero hasta hoy imposible  establecer  con precisión como surge históricamente en Europa tal cosa.
 
   Digamos  pues  que la iniciación caballeresca  está íntimamente emparentada  a  la denominada iniciación real pues  ambas están estrechamente  ligadas al poder temporal. En esto Guénon  señala con justeza que al estar este poder temporal sometido a todas las contingencias  de  lo transitorio requiere que  lo  sacralice  un principio de orden superior. De esto proviene el "derecho divino" tradicionalmente  asignado a los reyes. Sin embargo  todo indica que ese principio de orden superior debe actuar en fase y concordancia  con  el objetivo perseguido. Así la iniciación  real  se compone de la sacerdotal y de la caballeresca y solo puede transmitirlas  quien las posea. Maurice Keen viene aquí nuevamente  en nuestra  ayuda, aún con su perspectiva meramente  religiosa,  al decir textualmente en su obra ya citada: "La ceremonia de  hacer un caballero parece, por lo tanto, tener una relación muy próxima con el rito de la coronación".
    Pero,  bien entendido, sería un error grosero suponer que este rito  de  coronación constituyó siempre una  iniciación efectiva dado que, en la enorme mayoría de los casos, se redujo a algo de naturaleza meramente simbólica y religiosa, una mera "exteriorización" de la iniciación reservada a los reyes, como bien apunta Guénon.
 
    A  esta  altura podemos avanzar un paso más  para  efectuar  las necesarias aclaraciones sobre el concepto del "honor compartido", mencionado por Keen y otros autores. Entender esto desde el punto de  vista religioso es simplemente imposible pero el problema  se resuelve  por si solo desde una perspectiva iniciática. Keen  por supuesto  se contenta con mencionar el tema en  estos  términos: "recibir la  caballería de manos de un señor (y caballero)  de privilegiado rango une al destinatario al honor y dignidad del  señor".  Cesar Cantú, que dedicó muy bello y extenso estudio  al tema de la Caballería, recalca que " para armar un Caballero  era indispensable  serlo, y el iniciado quedaba ligado  respecto  del que  le había conferido la ordenación con un parentesco  espiritual,  de  tal manera que por nada y en ningún caso  podía  hacer armas en contra suya" . En un cantar de gesta Renaud de Mantauban exclama  "No defenderé tierra alguna de Carlomagno"  a  lo  cual replica Ogier "No, pero recuerda que él te armó caballero" recordando así a Renaud que jamás podría luchar en contra de Carlomagno o de sus huestes. Solo un felón podría hacer semejante cosa, jamás un Caballero!
   Esto era el "compartir el honor", lo que en lenguaje iniciático equivaldría  a elegir la filiación más honrosa y el Maestro  más elevado para recibir la propia iniciación. Así para dar un símil equivaldría  a preferir un Rimpoche a un simple Lama en el budismo tibetano o un Parama Gurú  a un Swami en el hinduismo.
 
   La mentalidad utilitaria y materialista del mundo moderno tiene enorme dificultad en comprender el rol justiciero y heroico de la Caballería Tradicional. El contemporáneo apenas puede comprender como  el Caballero se arriesga a ser herido o muerto  por  causas que no son la suya o simplemente para demostrar su valor y  mucho menos como puede ser el paladín de una dama y jugarse la vida por ella sin aspirar en lo más mínimo a sus favores carnales y,  más aún,  cuando  esta dama era generalmente la esposa  de otro.  El egoísmo  y degradación del ser humano de hoy constituyen  ciertamente  un  velo muy espeso que le impide toda comprensión  en  el orden  metafísico, el que pasa así completamente desapercibido  e ignorado. Desde el Renacimiento -como subraya Guénon- la desacralización de la existencia humana ha sido tan pavorosa que  únicamente un advenimiento de orden divino podría restituir nuestras vidas al punto justo.

   Para  comprender a la Caballería en profundidad con una óptica tradicional  y  metafísica es menester tomar conocimiento de  lo dicho al respecto por el tan citado René Guénon y, especialmente, por el esoterista italiano Barón Julius Evola.    Lamentablemente no se  puede aceptar en su totalidad lo que dicen  uno y otro pero constituyen sus escritos una  orientación para  buscar la verdad al respecto. Evola  parte del supuesto  de que la acción en general y la acción  guerrera  en particular pueden liberar al hombre de sus condicionamientos  al igual  que la vía espiritual e incluso conducirlo  a  estados superiores  del  ser. En su muy discutible folleto  "La  doctrina aria del combate y la victoria" retoma la doctrina de que el acto supremo  del  ser humano y su sacrificio más excelso  a  Dios  es morir con la espada en la mano en el campo de batalla". De aquí a la antigua creencia nórdica de que el héroe  así  muerto  será conducido  al galope al Walhalla por las Walkirias hay menos que un paso.  Pero Evola no se detiene ahí tampoco en su embestida por sacralizar la guerra y el combate. Todo en la vida debe centrarse en  la "pequeña guerra santa" y en la " gran guerra santa"  a  la manera del Islam. La primera es la guerra y el combate contra los enemigos exteriores,  la segunda es la  lucha  contra  nuestros enemigos interiores. "Más exactamente, esta última es  la  lucha del elemento sobrenatural que llevamos en nosotros contra todo lo que  es  instintivo, ligado a la pasión, caótico,  ligado  a  las fuerzas de la naturaleza"(sic). La vida terrestre es  sacrificada en  el combate a la vida futura dando paso a un impulso que  abre el camino hacia un estado espiritual realmente suprapersonal que hace a los hombres libres, inmortales, interiormente indestructibles logrando una síntesis de los opuestos en cuanto  unificación de los aspectos superiores e inferiores de la naturaleza humana.

 
    Hasta  el más audaz de los Kshatriyas tendrá que reconocer que Evola va demasiado lejos pues este autor desemboca en la conclusión  más  o menos explícita de que el guerrero  es superior al Maestro espiritual. En una carta célebre René Guénon lo coloca en su  sitio,  calificándolo de "Kshatriya en rebeldía". Es  lo  que corresponde  pues Evola invierte el orden natural de  las  cosas.   Pero  a  su vez Guénon si bien pretende lo justo en cuanto  a  la  superioridad  del Maestro sobre el guerrero no siempre tiene en claro  el sentido y lugar de cada cosa. Tanto el brahmin como  el kshatriya son indispensables tanto en el orden espiritual como en el  social  y, lo que nunca se ha subrayado, existe en  esto  una predestinación  para  cada ser en cuanto a ocupar  el  orden  que naturalmente  le  corresponde en el desarrollo de  la  existencia  temporal.
  Para aclarar lo anterior es menester antes precisar una noción fundamental  y  generalmente  muy mal comprendida que  es  la de Dharma.  A  esta palabra la podríamos traducir  brevemente como "deber"  o "ley moral" pero es mucho más que eso. En rigor es  el conjunto de " medios correctos y eficaces, necesarios y trascendentes  para alcanzar el bien y evitar el mal". Es obvio que el Dharma  del brahmin  es muy distinto del que corresponde  a un kshatriya. Y la vida enseña que si uno de ellos intenta seguir el Dharma  del  otro cae en el adharma, que es el error,  el desvío respecto de lo correcto tanto en lo espiritual como en lo ético.
 No  obstante Evola volvió a la carga en sus escritos, especialmente  en cinco breves ensayos reunidos con el título de uno  de ellos  "Metafísica de la Guerra". Allí insiste con el culto del héroe que "muerto gana el cielo y vencedor conquista la tierra".  Creo que Evola nunca comprendió el real valor de la Caballería  tradicional como abnegación y servicio con olvido de sí mismo y de  la propia  vida.  Esto unido a la búsqueda del Santo Grial  es  lo esencial  de  la genuina Caballería Espiritual. Es por ello que está reservada a hombres y mujeres dignos y elevados, dado que no debemos  olvidar que desde comienzos de la Edad Media existieron Caballeras, aún cuando hoy, al iniciarlas se les dá el título  de Damas  con  mayúscula. Incluso existieron Ordenes  de  Caballería para las Damas, como ser la Orden de las Caballeras del Hacha, en Tortosa,  quienes  llevaban como emblema un hacha roja  sobre  el pecho. Ellas impidieron heroicamente en 1149 que los moros  tomaran su ciudad. Otra Orden femenina fue la de las Caballeras de la Cordelière,  quienes usaban como distintivo un cordón  de siete nudos.
 

 

miércoles, 23 de octubre de 2013

ESPIRITUALIDAD LIGHT



 ESPIRITUALIDAD LIGHT
José Saltarus
 
Desde hace unos años lo “espiritual” se ha vuelto un producto de consumo atractivo y de fácil adquisición. El mercado del ocio y del entretenimiento siempre se adelanta a las necesidades del hombre y ofrece justamente lo que demanda. Nuestra sociedad actual gracias fundamentalmente a la labor meritoria del marketing de las grandes editoriales americanas y sus productos “Nueva Era” nos hemos abierto a lo light, lo fast, la autoayuda, lo oriental, los gurúes auto-iluminados o la comunicación extraterrestre. Podemos ver incluso anuncios publicitando comida con posturas de yoga, envueltas en imágenes de felicidad y salud con decoración zen.

 Así podemos observar en este amplio supermercado espiritual de hoy en día toda clase de variedades y opciones para todos los gustos y necesidades. Tenemos yogas de todos los sabores y colores, cursos de reiki que ni siquiera el propio creador de esta terapia reconocería, limpias afrocubanas, masajes energéticos, visión del aura, regresiones, canalizaciones, sanaciones de toda índole, libros y cursos de autoayuda que prometen resultados rapidísimos de “maestría” e “iluminación” en tan sólo un fin de semana o tres meses como mucho, usted podrá conseguir el título de “maestra” o “maestro” espiritual, sanador o canalizador en un corto espacio de tiempo. Pero los seguidores de este tipo de cursos sabrán por propia experiencia que la mayor utilidad espiritual y práctica de estos cursos es poder colgar el diploma en una pared y mostrarlo a las amistades, puesto que a la hora de la verdad todo estos cursos no tienen realmente ningún efectividad terapéutica o espiritual ya que salvo alguna rara excepción la mayoría de las personas que se adentran en estos asuntos no tienen el potencial o el “don” para llevar a cabo estas pretensiones de orden “espiritual”. Es significativo la cantidad de falsos gurús que pululan por todas partes con el único objetivo de sacar dinero a la gente aprovechándose de su ignorancia o ingenuidad.

 Para seguir una verdadera vía espiritual debemos acogernos a una tradición espiritual, a una filosofía y a un sistema práctico, y profundizarlo durante toda la vida. A qué puede conducirnos leer y conocer todo lo que cae en nuestras manos en Internet, pues bien, si no tenemos una estructura mental suficientemente sólida como para desenvolvernos en medio de este mar de información donde nunca sabremos diferencia la verdad de las medias verdades, la ficción de la realidad o la reflexión bienintencionada de la manipulación malintencionada, conseguiremos un auténtico coctel intelectual, tus conocimientos espirituales no serán otra cosa que una feria de eruditas ideas de otros en tu mente.

 La verdadera espiritualidad consiste en que podamos llegar a ser la expresión viviente de la Vía espiritual que seguimos y supuestamente practicamos. Y esto lleva toda una vida.

 Hay quién se afilia a ciertas organizaciones iniciáticas o asiste a cursos y conferencias sobre la sabiduría y los caminos espirituales o bien quiere aprender ciertas técnicas mentales o esotéricas, sin darse cuenta de que lo buscan es solo una distracción para su mediocre y aburrida vida, incapaces de someterse a una mínima disciplina de cuerpo, mente y corazón, y que por mucho que lo deseen nunca va a penetrar los secretos del alma. Al igual que no lo consiguió ese individuo que le está cobrando por enseñarle una serie de técnicas que aprendió también en un curso o de algún que otro libro.  Es ridículo, la espiritualidad no es eso.

También es decepcionante el estado actual de la mayoría de las vías y las organizaciones iniciáticas donde lo que importa a la mayoría de los miembros son los títulos, grados, cargos, medallas, mandiles o capas templarias, motivo por el que continuamente están luchando y disputando entre ellos por estas cuestiones, aunque repitan como un mantra las palabras “hermandad y fraternidad”. Pero lo más lamentable es que no dispongan realmente de una vía o sistema práctico de realización espiritual para los que ingresan en sus filas, y que solo se muevan en el terreno de lo social, la moral y la especulación.
 


jueves, 17 de octubre de 2013

ENCONTRAR A DIOS ES DIFÍCIL


 
 
ENCONTRAR A DIOS ES DIFÍCIL, EXPRESARLO ES IMPOSIBLE

 Proclo

 “Descubrir al Demiurgo del universo es difícil”, dice Platón. En efecto, el descubrimiento se obtiene de dos maneras: una procede a partir de los Primeros por la vía de la ciencia y la otra a partir de los Segundos por vía de la reminiscencia. Cabe decir que la procedente de los Primeros es difícil toda vez que el descubrimiento de las propiedades intermediarias está ligado a la más alta doctrina; en cuanto al descubrimiento a partir de los Segundos, poco falta para que de ella diga que aún es más difícil pues si a partir de estos Segundos nos proponemos ver la esencia del Demiurgo, en todo el conjunto de sus propiedades deberemos considerar [previamente] y en su totalidad, la naturaleza de los seres que él ha producido, todas las regiones visibles del mundo y cuantas potencias naturales invisibles hay en él, sobre las que se fundamentan las simpatías y antipatías en el universo; y antes de esto [convendrá averiguar] las reglas fijas que presiden a la naturaleza y las naturalezas en si mismas, tanto universales como particulares, tanto inmateriales como materiales, las divinas, las demónicas y las propias de los vivientes mortales; y además, los géneros de seres que retornan a la categoría de la vida, unos inmortales, otros mortales, unos no contaminados de materia, los otros sumergidos en la materia, unos tienen valor de totalidades, otros de partes, unos dotados de razón, otros desprovistos de ella; y también los seres de complemento más perfectos que nosotros, gracias a los cuales toda la región intermediaria entre los dioses y la naturaleza mortal quedan bien ligadas entre si; y las almas de todo tipo, la multitud de dioses que se diversifican según las diferentes porciones del universo, las conexiones expresables e inexpresables que relacionan al mundo con el Padre.

 En efecto, si no se han considerado estas cosas todo aquel que se lance hacia el Demiurgo será demasiado imperfecto para concebir al Padre, pues no está permitido que nada imperfecto tenga contacto con el Todo Perfecto.

Además es preciso que el alma, tornada un mundo inteligente, haciéndose tan semejante como pueda a la totalidad del mundo inteligible, se aproxime al creador del universo, que en virtud de esta aproximación se familiarice un poco con él por aplicación continuada del espíritu, –pues la actividad de pensamiento ininterrumpido con relación a un objeto despierta y vivifica nuestras facultades racionales-, que gracias a esta familiaridad y estando dispuesto ante la puerta del Padre, [el alma] entre en unión con él.

 He aquí lo que es el descubrimiento de Dios: ir a su encuentro, ser uno solo con Él, gozar de su presencia cara a cara, obtener que el se muestre en persona, cuando el alma “queda encantada” en Él, lejos de cualquier ora actividad, que incluso entienda como fábulas los discursos científicos porque está unida al Padre, que se alimente del mismo festín de la verdad del ser que Él y que en la irradiación de una luz pura, ella sea iniciada con toda pureza a las visiones perfectas inmutables por siempre.

 Sí, he aquí lo que es encontrar a Dios. No consiste en descubrirlo por la vía de la opinión (pues esta es incierta y muy próxima a la vida irracional), ni por la vía de la ciencia (pues esta procede por inferencias y por cadenas de razones, sin tocar inmediatamente la esencia intelectual del Intelecto demiúrgico). Consiste en hallarlo por una intuición que nos lo muestra cara a cara, por el contacto con el inteligible, por la unión al intelecto del Demiurgo. Y ciertamente, este descubrimiento puede ser llamado con razón “trabajo duro”, en todo el sentido de la expresión, porque es penoso, difícil de obtener, pues el objeto únicamente se deja ver a las almas cuando estas han cruzado toda la jerarquía de los seres vivientes, o porque ahí es donde reside el verdadero combate de las almas, pues es después de las vanas carreras en lo creado, es después de la purificación, es después de las claridades de la ciencia que finalmente enciende la actividad intelectual y el intelecto que reposa en nosotros, que el alma arriba al puerto dentro del Padre, que lo ubica, lejos de toda mancha, en los pensamientos del Demiurgo, que junta luz con luz, no sólo la luz de la ciencia, también una luz más bella, más inteligente, más semejante a la unidad que aquella. Ahí reside el puerto del Padre, el descubrimiento del Padre, la inmaculada unión con el Padre.

 En cuanto a las palabras “cuando uno ha encontrado a Dios, es imposible comunicarlo”, podrían manifestar muy bien la costumbre de los pitagóricos, que guardaban en secreto la doctrina de las cosas divinas y rechazaban discutir de ellas con nadie, “pues los ojos del vulgo no tienen suficiente fuerza para sostener fija la mirada sobre lo verdadero”, como dice el Extranjero de Elea. También podría ser que estas palabras enseñen la más augusta doctrina, a saber: que es imposible, cuando se ha encontrado a Dios, decir las cosas tal como las ha visto. Pues el descubrimiento, a efectos del alma, no ha consistido en decir alguna cosa, sino en ser iniciado a un misterio y en quedar sometido a la influencia de la luz divina; para el alma tampoco había consistido en ser movida por un movimiento propio, sino en mantenerse en aquello que se podría llamar su silencio. De hecho, ella ya no está en la naturaleza de aprehender la esencia de las otras realidades por denominación, definición o demostración científica, sino que las aprehende únicamente por el pensamiento, como dice Platón en sus Cartas (VII 342 s), ¿cómo podría descubrir la esencia del demiurgo si no es de una forma puramente intelectual? ¿y cómo podría, habiéndola hallado, divulgar lo que ha visto por medio de nombres y verbos para darla a conocer a otros? Pues es imposible al razonamiento discursivo que proceda a describir, por composición, la naturaleza esencialmente uniforme y simple.

 Mas, ¿qué? dirá alguno, ¿no es igualmente cierto que nosotros discurrimos largamente sobre el Demiurgo, sobre los otros dioses y sobre el propio Uno? Sin duda. Pero si nosotros discurrimos sobre estas realidades, no definimos ninguna en su esencia misma. Podemos argumentar al respecto, pero no podemos expresar la intuición que tenemos de ellas toda vez que [en la intuición] reside ese encontrar, como se dijo antes. Por tanto, si el alma no encuentra más que cuando calla, ¿cómo un aluvión de palabras vocales podría bastar para expresar el objeto hallado tal como es?

                                                 Proclus, in Tim. (28 c 3), I, pp. 300. 28-303. 23 Diehl